UN APLAZADO Habla Friedt
De pronto, como un breve latigazo,
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mi nombre, Friedt, estalló en el aula.
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Yo me puse de pie, y un poco trémulo
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avancé hacia la mesa, entre las bancas.
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Era el examen último del curso
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y al que tenía más miedo: la gramática.
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Hice girar resuelto el bolillero
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Las dieciséis bolillas del programa
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resonaron en él lúgubremente
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y un eco levantaron en mi alma.
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Extraje dos: adverbio y sustantivo.
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Me dieron a elegir una de ambas
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y elegí la segunda. —¿Y qué es el nombre?
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díjome uno y me asestó las gafas.
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Sentí luego un sudor por todo el cuerpo,
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se me puso la boca seca, amarga,
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y comprendí, con un terror creciente
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que yo del nombre no sabía nada.
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Revolvía allá adentro, pero en vano,
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me quedé en absoluto sin palabras.
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Y empecé a ver la quinta en qué vivíamos:
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el camino de arena, cierta planta,
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el hermano pequeño, mi perrito,
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el té con leche, el dulce de naranja,
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¡qué alegría jugar a aquellas horas!
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Y sonreía mientras recordaba.
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—¡Pero señor —rugió una voz terrible—,
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el nombre sustantivo, una pavada!—
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Tiré a la realidad: sobre la mesa
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los dedos de un señor tamborileaban,
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cabeceaba blandamente el otro,
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el tercero bebía de una taza.
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Hacía gran calor. Yo tengo una
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cara redonda, simple, colorada,
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los ojos grises y los labios gruesos,
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el pelo rubio, la sonrisa clara.
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Yo quería jugar, no dar examen
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darlo otro día, sí, por la mañana...
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Se me nubló la vista de repente,
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los profesores se me borroneaban,
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adquirió el bolillero proporciones
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gigantescas, fantásticas,
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oí como entre sueños: Señor mío,
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puede sentarse... —Y me llené de lágrimas.
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Análisis métrico
44
Versos
11.3
Media silábica
499
Sílabas totales