PERLAS NEGRAS – XXIX
Sí, yo amaba lo azul con ardimiento:
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las montañas excelsas, los sutiles
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crespones de zafir del firmamento,
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el piélago sin fin, cuyo lamento
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arrulló mis ensueños juveniles.
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Callaba mi laúd cuando despliega
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cada estrella purísima su broche,
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el universo en la quietud navega,
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y la luna, hoz de plata, surge y siega
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el haz d'espesas sombras de la noche.
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Cantaba, si l'aurora descorría
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en el Oriente sus rosados velos,
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si el aljófar al campo descendía,
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y el sol, urna de oro que se abría,
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inundaba de luz todos los cielos.
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Mas hoy amo la noche, la galana,
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de dulce majestad, horas tranquilas
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y solemnes, la nubia soberana,
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la d'espléndida pompa americana:
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¡la noche tropical de tus pupilas!
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Hoy esquivo del alba los sonrojos,
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su saeta de oro me maltrata,
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y el corazón, sin pena y sin enojos,
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tan sólo ante lo negro de tus ojos
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como el iris del búho se dilata.
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¿Qu'encanto hubiera semejante al tuyo,
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oh, noche mía? ¡Tu beldad me asombra!
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Yo, qu'esplendores matutinos huyo,
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¡dejo el alma que agite, cual cocuyo,
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sus alas coruscantes en tu sombra!
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Si siempre he de sentir esa mirada
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fija en mi rostro, poderosa y tierna,
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¡adiós, por siempre adiós, rubia alborada!;
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doncella de la veste sonrosada:
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¡que reine en mi redor la noche eterna!
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¡Oh, noche! Ven a mí llena d'encanto;
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mientras con vuelo misterioso avanzas,
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nada más para ti será mi canto,
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y en los brunos repliegues de tu manto,
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su cáliz abrirán mis esperanzas...
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Análisis métrico
40
Versos
11.4
Media silábica
456
Sílabas totales