Murió de nuevo un día… yo la amaba
II
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Murió de nuevo un día... yo la amaba,
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mas sin remedio se murió ese día...
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—«¡Vuelve, Rabino, vuelve!»... —yo clamaba—
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pero el Rabino rubio no volvía.
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Pasó la niña veinte siglos muerta,
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murió Cafarnaún de Palestina
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y el alma mía, inútil y desierta,
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lloraba de inmortal sobre las ruinas.
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¡Y la amaba, la amaba!... Su blancura
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la buscaba en la blanca nebulosa,
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su cabellera entre la noche oscura
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y en el Poniente su color de rosa...
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Y al fin la hallé... Escondida entre los tules
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de una puesta de sol, estaba Ella;
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su carne inmóvil entre dos azules
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inauguraba la primera estrella...
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Y la encontré más blanca todavía,
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flotando en el azul, sin vestidura,
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¡qué blanca estaba así!... la niña mía
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tenía veinte siglos de blancura...
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Clamé al Amor entonces... Voces buenas
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dijeron a lo lejos: —¡Te ha escuchado!—
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clamé al eterno Amor... y a mi lado
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la blanca niña era una nube apenas...
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Llegó el Amor. Los cielos fueron mudos,
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su leve paso silenció la esfera,
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llegó el eterno amor de pies desnudos,
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maduro el trigo de la cabellera...
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«No es muerta... duerme!»... y le ordenó:
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—«¡Levanta!»
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y Ella se alzó, delgada de martirio,
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y una voz le subió por la garganta
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como una abeja que abandona un lirio.
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Y ha vuelto a mí... su cabellera oscura,
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su misma voz... pero en la mano fría
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con veinte siglos de amasar blancura,
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persiste el miedo de morirse un día...
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Análisis métrico
38
Versos
11.3
Media silábica
430
Sílabas totales