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LOS PASTORES DE MI ABUELO

Autor del poema: José María Gabriel y Galán
I 1
He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos 18
embriagado por el vaho de los húmedos apriscos 16
y arrullado por murmullos de mansísimo rumiar. 15
He comido pan sabroso con entrañas de carnero 16
que guisaron los pastores en blanquísimo caldero 16
suspendido de las llares sobre el fuego del hogar. 16
Y al arrullo soñoliento de monótonos hervores, 16
he charlado largamente con los rústicos pastores 16
y he buscado en sus sentires algo bello que decir... 16
¡Ya se han ido, ya se han ido! ¡Ya no encuentro en la comarca 20
los pastores de mi abuelo, que era un viejo patriarca 18
con pastores y vaqueros que rimaban el vivir! 14
Se acabaron para siempre los selváticos juglares 17
que alegraban las majadas con historias y cantares 16
y romances peregrinos de muchísimo sabor. 14
Para siempre se acabaron los ingenuos narradores 17
de las trágicas leyendas de fantásticos amores 16
y contiendas fabulosas de los hombres del honor. 14
¡Ya se han ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas, 19
ya no riman, ya no cantan villancicos y tonadas 15
y fantásticas leyendas que encantaban mi niñez. 15
Han perdido los vigores y las vírgenes frescuras 15
de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras 15
de veneros naturales de exquisita limpidez. 16
¡Ya no riman, ya no cantan! Ya no piden al viajero 16
que les cuente la leyenda del gentil aventurero, 16
la princesa encarcelada y el enano encantador. 17
Ya no piden aquel cuento de la azada y el tesoro, 17
ni la historia fabulosa de la guerra con el moro, 17
ni el romance tierno y bello de la Virgen y el pastor. 16
¡He dormido en la majada! Blasfemaban los pastores 17
maldiciendo la fortuna de los amos y señores 15
que habitaban los palacios de la mágica ciudad; 16
y gruñían rencorosos como perros amarrados 14
venteando los placeres y blandiendo los cayados 14
que heredaron de otros hombres como cetros de la paz. 17
II 1
Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas 15
las estirpes patriarcales de selváticos poetas, 15
tañedores montesinos de la gaita y el rabel, 15
que mis campos empapaban en la intensa melodía 16
de una música primera que en los senos se fundía 17
de silencios transparentes, más sabrosos que la miel. 15
Una música tan virgen como el aura de mis montes, 17
tan serena como el cielo de sus amplios horizontes, 17
tan ingenua como el alma del artista montaraz, 16
tan sonora como el viento de las tardes abrileñas, 17
tan süave como el paso de las aguas ribereñas, 16
tan tranquila como el curso de las horas de la paz. 16
Una música fundida con balidos de corderos, 16
con arrullos de palomas y mugidos de terneros, 15
con chasquidos de la onda del vaquero silbador, 15
con rodar de regatillos entre peñas y zarzales, 15
con zumbidos de cencerros y cantares de zagales, 15
¡de precoces zagalillos que barruntan ya el amor! 16
Una música que dice cómo suenan en los chozos 16
las sentencias de los viejos y las risas de los mozos, 15
y el silencio de las noches en la inmensa soledad, 16
y el hervir de los calderos en las lumbres pavorosas, 16
y el llover de los abismos en las noches tenebrosas, 16
y el ladrar de los mastines en la densa oscuridad. 16
Yo quisiera que la musa de la gente campesina 16
no durmiese en las entrañas de la vieja hueca encina 18
donde, herida por los tiempos, hosca y brava se encerró. 17
Yo quisiera que las puntas de sus alas vigorosas 16
nuevamente restallaran en las frentes tenebrosas 16
de esta raza cuya sangre la codicia envenenó. 17
Yo quisiera que encubriesen las zamarras de pellejo 17
pechos fuertes con ingenuos corazones de oro viejo 17
penetrados de la calma de la vida montaraz. 15
Yo quisiera que en el culto de los montes abrevados, 17
sacerdotes de los montes, ostentaran sus cayados 16
como símbolos de un culto, como cetros de la paz. 16
Yo quisiera que vagase por los rústicos asilos, 16
no la casta fabulosa de fantásticos Batilos 16
que jamás en las majadas de mis montes habitó, 15
sino aquella casta de hombres vigorosos y severos, 17
más leales que mastines, más sencillos que corderos, 15
más esquivos que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo! 14
¡Más poetas! Los que miran silenciosos hacia Oriente 16
y saludan a la aurora con la estrofa balbuciente 17
que derraman, sin saberlo, de la gaita pastoril, 15
son los hijos naturales de la musa campesina 16
que les dicta mansamente la tonada matutina 16
con que sienten las auroras del sereno mes de abril. 16
¡Más poetas, más poetas! Los artistas inconscientes 14
que se sientan por las tardes en las peñas eminentes 16
y modulan sin quererlo, melancólico cantar, 14
son las almas empapadas en la rica poesía 14
melancólica y süave que destila la agonía 15
dolorida y perezosa de la luz crepuscular. 15
¡Más poetas, más poetas! Los que riman sus sentires 14
cuando dentro de las almas cristalizan en decires 16
que en los senos de los campos se derraman sin querer, 16
son los hijos elegidos que desnudos amamanta 16
la pujanza brava musa que al oído solo canta 16
las sinceras efusiones del dolor y del placer. 14
¡Más poetas! Los que viven la feliz monotonía 14
sin frenéticos espasmos de placer y de alegría 15
de los cuales las enfermas pobres almas van en pos, 15
han saltado, sin saberlo, sobre todas las alturas 16
y serenos van cantando por las plácidas llanuras 15
de la vida humilde y fuerte que cantando va hacia Dios. 17
¡Que reviva, que rebulla por mis chozos y casetas 15
la castiza vieja raza de selváticos poetas 15
que la vida buena vieron y rimaron el vivir! 14
¡Que repueblen las campiñas de la clásica comarca 16
los pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca 16
que con ellos tuvo un día la fortuna de morir! 15

Análisis métrico

110 Versos
15.5 Media silábica
1709 Sílabas totales