LOS NAVEGANTES
¡Qué ciencia tan rebelde, hermano mío,
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es esta ciencia
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de saber renunciar!
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Te escribo junto al mar; hay un navío
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que está dejando el puerto; es la evidencia
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de una cosa terrestre que se resigna al mar.
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No sé por qué esa vela
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me dice tanto de mi propia vida;
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la miro sobre el mar y paralela
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a la estela que deja su partida,
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va dejando en mi espíritu otra estela.
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No sé por qué me inclino
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a asociar a mis cosas el éxodo marino.
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Aquel patrón que va cantando a popa,
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quizá dejó en su casa una mujer.
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¿Europa? ?Nueva York? ¿Qué vale Europa
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para aquel marinero que renuncia a querer?
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¿Recuerdas la muchacha que tanto bien te hizo
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y tanto mal?, aquella muchacha que fue toda
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mi juventud; el talle pujante, noble el rizo
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y el haber extenuado, como velo de boda...
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Pues bien, ya se ha marchado;
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anoche salió un buque para un mundo distante;
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ella embarcó, yo estaba con ella y a su lado
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sentía ya la ausencia total del emigrante.
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Hablamos en la borda, viendo al puerto:
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Ella se marcha para no volver;
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es necesario renunciar, es cierto,
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pero no debe ser.
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Nos despedimos, y su mano
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entre las mías quiso acurrucarse,
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como si en su terror por lo lejano
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buscara algún rincón donde quedarse.
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Me dio una rosa y luego, pesada y silenciosa,
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se desprendió la nave;
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¡tuve un ansia de alas!, mas deshojé la rosa
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con la crueldad de quien despluma un ave.
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Y me fui por la playa. Hacia el abismo,
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la noche era más noche tal vez; acaso el mismo
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mar aporta otra noche a la noche del cielo;
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había en el silencio de mi duelo
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la quietud que sucede al cataclismo.
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De súbito, a lo lejos
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apareció el navío a todo andar,
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cien luces en el casco, cien en los aparejos,
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y allá en el horizonte, mentían sus reflejos
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una constelación que roza el mar.
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Y yo veía
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desde mi lejanía
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brillar aquellas luces en el confín siniestro,
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con una sed de lucha, de agresión, de castigo,
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como se ve a lo lejos la luz de un pueblo nuestro
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que nos haya tomado el enemigo.
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Pero es inútil; esto era preciso
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y además, todo está muy bien;
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si vino, Dios lo quiso;
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ahora que la pierdo, Dios lo querrá también.
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Debe ser justo, pero yo que quiero
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tanto aquella mujer que se me ha ido,
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aunque pienso que Dios es justiciero,
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pienso que Dios es justo porque nunca ha querido
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Ya ha despertado el día,
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el mar se tiñe del amanecer,
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y yo aquí, todavía,
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queriendo ver lo que no puedo ver.
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El barco no se ve, mas lo presiente
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mi ser, polarizado hacia el Oriente.
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Mi terca rebelión todo lo abarca,
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por sobre el mar, tras su visión me pierdo
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y así desde mi playa hasta su barca
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¡prolonga su península el Recuerdo!
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Pero estoy en la playa bruta y desafiadora,
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sin nada que me endulce lo amargo de esta hora,
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sin árbol ni remanso, sin más dolor que el mío...
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¡Qué bien, Señor, me sentiría ahora
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si junto a mí desembocara un río!...
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Análisis métrico
76
Versos
11.8
Media silábica
893
Sílabas totales