LA VIRGEN DE MURILLO
Hombres, hacia la tierra humildemente,
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la cabeza inclinad respetuosa:
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que voy a pronunciar maravillosa
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palabra, grande voz, nombre eminente:
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hay un genio español que alzó su mente
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tan alta, que a la Virgen madre hermosa,
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que habita de los cielos las moradas
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alcanzó a divisar en sus miradas.
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Y de la virgen describió a la gente
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el celestial contorno, el colorido
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albo-azul de su frente, confundido
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de su mejilla entre el carmín naciente;
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y retrató su seno trasparente
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la leche al dar a su Jesús querido
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y aquel amor con que a Jesús miraba
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y aquella luz que a entrambos circundaba.
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Descubra su cabeza el extranjero
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de remotas o próximas naciones
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cuando escuche sonar en mis canciones
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ese nombre que llena el mundo entero:
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para alzarse de pueblos el primero
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si no hubiese de gloria otros blasones,
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bastante España con mostrar hiciera
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un lienzo de Murillo por bandera.
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¡Murillo!... ved, sus cuadros nos hurtaron
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para adornar su tierra extrañas gentes
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y los hijos de España indiferentes
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como limosna el hurto les dejaron;
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que la feraz campiña en que brotaron
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en profusas espigas las simientes
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no empobrece, aunque vengan de avecillas
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cien bandos a comer de sus gabillas.
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¡Descubríos, isleños poderosos,
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que bajo el cauce, transitáis, de un río!
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¡Descubríos, del grande señorío
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del Pirineo dueños orgullosos!
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¡Descubríos, también, los tan famosos
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hijos del Po! repite el labio mío
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el nombre de Murillo, y reverentes
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debéis mostrar desnudas vuestras frentes.
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Españoles, ¿no veis aquel mendigo
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entre humildes harapos encubierto
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que hambriento y frío vaga medio muerto
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de su patria en el suelo ¡ay! enemigo?...
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Pues el mendigo aquel lleva consigo
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misterio tal que a seros descubierto
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nombre tan alto, fama tanta os diera
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que hubiera os de admirar la Europa entera.
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Aquí el artista está, aquí Murillo,
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mas ¿a dónde los lienzos, los pinceles,
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do están las tintas que os transmitan fieles
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las creaciones del joven mendiguillo?
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Os halaga la fama, anheláis brillo,
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os placen, españoles, los laureles
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y dejáis perecer en todas partes
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de miseria los genios y las artes.
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¿Será preciso que el pintor sagrado
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rompa sus venas, corte sus cabellos
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y en la negra pared trace con ellos
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una divina imagen por dechado,
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para advertirte, pueblo abandonado
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a la indolencia, en tus jardines bellos,
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que sofocado en mísera pobreza
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yace un germen allí de tu grandeza?
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Genio es de bronce, el que a luchar contigo,
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pueblo español, osado se levanta
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si entre tus rudos brazos no quebranta
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sus miembros y en la tumba da consigo.
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¡Cuánto habrá de vencer ese mendigo:
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antes que pueda alzar la imagen santa
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de la Virgen que lleva en su memoria
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del mundo admiración, de España gloria!
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Tú, tú dejas, Iberia al gran Cervantes
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perecer de miseria abandonado,
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tú a la vecina Francia has regalado
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los huesos de tus hijos más amantes;
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tú, Iberia, no mereces las triunfantes
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coronas, que tus héroes te han logrado;
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vivos, morid los haces de despecho,
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muertos, les niegas en tu campo un lecho.
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Empero vence el genio, y a tu planta
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sus obras pone y tu desdén perdona
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que para ti, no más él ambiciona
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los triunfos que ganó con pena tanta,
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«coloca en el collar de tu garganta
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ese brillante -dice- alta matrona,
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y aunque olvides, ingrata, al colocarlo
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que mi exislencia consumí en tallarlo».
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Tú, lucha, y vence así, pobre mancebo,
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labra esa joya más que España ostente,
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que te desdeñe a ti; más, que presente
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a la Europa su faz con brillo nuevo;
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ni ambición de poder, ni de oro cebo
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mueven, Murillo, tu entusiasmo ardiente,
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tu genio, gran pintor, se eleva al cielo
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y están oro y poder tocando al suelo.
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Ya los de Italia con asombro admiran
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del inspirado artista las creaciones,
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ya en los templos reciben oblaciones
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sus vírgenes que santo amor inspiran;
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ya los franceses codiciosos miran
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sus lienzos, y ya míseras pasiones
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en torno se levantan de Murillo
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ardiendo en sed de sofocar su brillo.
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Del joven español la fama crece,
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medra su celo al par de la fortuna
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y una virgen, más bella que ninguna,
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hoy en sus nuevos lienzos aparece;
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el manto que en sus sienes resplandece
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van va las pinceladas una a una
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tendiendo airosamente por la espalda
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y replegando en orlas a su falda.
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Mucho estima el pintor la imagen bella
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cuando perenne así desde la aurora
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hasta que baja el sol, hora por hora,
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sin descansar jamás, trabaja en ella;
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halla Murillo en la hermosura aquella
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hechizo y magia tal fascinadora
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que hasta celoso por su virgen pura
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no deja penetrar allí criatura.
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Mas un pintor, que de la Italia vino,
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del español pintor el arte alaba
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y éste de aquella imagen que adoraba
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mostrarle quiso el rostro peregrino;
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y no advierte el mirar torvo y malino
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con que el de Italia en él los ojos clava
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cuando la dulce y virginal María
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examinó con atención sombría.
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Propicia está la noche, por lo oscura
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del asesino a los siniestros pasos.
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No hay luna y brillan en el cielo escasos
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luceros, del nublado en la espesura;
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si un crimen se medita, ésta es segura
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noche para intentar horribles casos.
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Sepultarán las sombras al que muera
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y salvarán las sombras al que hiera.
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Mirad allí de Nápoles al hijo,
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lleno de ponzoñosa envidia y saña
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como en la oscuridad, cual sombra extraña,
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envuelto marcha con andar prolijo;
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en su mano un puñal brillara fijo
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si alumbrara de pronto el sol de España;
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medita un golpe... de Murillo el pecho
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osa amagar, y corre hasta su lecho.
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En él reposa de fatiga tanta
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de Murillo el espíritu cefrado
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suspensa en la pared tiene a su lado
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la hermosa imagen de su virgen santa,
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y aun durmiendo a sus ojos se levanta,
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como el sol al nacer, el rostro amado
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que elevó su pincel desde el oriente
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hasta el alto cenit resplandeciente.
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Y tanto en el ensueño los sentidos
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del sacro artista yacen embriagados
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que no advierten los pasos recatados,
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de un hombre que se acerca, sus oídos,
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los triunfos de su genio esclarecidos
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del de Italia en el alma están clavados
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con odio tan profundo, de tal suerte,
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que los viene a arrancar hoy con su muerte.
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Camina poco a poco el asesino,
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late con fuerza su anhelante pecho,
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al borde llega del tranquilo lecho
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y alza el puñal, con tan horrible tino,
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que amaga traspasar en su camino
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por la mitad del corazón derecho
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tornando el sueño aquel, en un segundo,
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en sueño más tranquilo y más profundo.
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Mas, con el hierro en alto, de repente
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inmóvil el feroz napolitano,
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queda: las fuerzas faltan a su mano
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y en sus venas la sangre helada siente...
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En la oscura pared que tiene en frente
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claro, como el lucero del verano,
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el rostro de la Virgen de Murillo
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surge alumbrado por su propio brillo.
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Del centro de sus ojos se desprende
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un fulgor diafanísimo y brillante
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que ilumina el perfil de su semblante
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y por sus formas célicas se extiende;
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el rostro, el talle, el manto que desciende
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hasta sus mismas plantas ondulante,
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como por luna llena iluminados,
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distínguense en el lienzo proyectados.
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Suave matiz de purpurina rosa,
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azul de lirio tenue y trasparente,
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albo de frescos nardos tiñen frente
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boca y mejillas de la madre hermosa;
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mas hay una expresión tan dolorosa
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de aquellos ojos en la llama hiriente
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que hicieran deshacerse en tierno llanto
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el corazón más duro, con su encanto.
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Dulce reconvención, triste querella,
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enojo maternal, piedad amante
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muestra en el melancólico semblante
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la santa y virginal figura aquella;
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parece que a exhalar su boca bella
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va una súplica amarga y penetrante,
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parece que demanda a los cristianos
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«¿hijos, por qué os odiáis si sois hermanos?»
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Dobla el napolitano ambas rodillas,
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entrambos brazos cruza humildemente
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y ante la Virgen ora reverente
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absorto en las celestes maravillas:
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ruedan, por vez primera, en sus mejillas
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gotas de arrepentido lloro ardiente,
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y luego... silencioso y asombrado
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huyóse de la estancia apresurado.
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¡Duerme, sacro pintor, duerme en reposo
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y al despertar mañana con la aurora
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saluda a la hermosísima Señora
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que ha velado tu sueño peligroso;
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protégete su celo cariñoso,
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dirígete su mano bienhechora
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¡hasta dónde, Murillo, irá tu fama
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siendo tu guía tan celeste dama!
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Análisis métrico
216
Versos
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