LA NOCHE
I
1
Tiende, noche, tu lóbrego manto,
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y en un mar de tinieblas, al sol,
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ahoga, noche, que quiero mi llanto
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esconder en tu negro crespón.
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Ya no quiero ni gloria, ni amigos,
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ni esperanza, ni amor, ni virtud;
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quiero sólo quedar sin testigos;
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quiero sombra; detesto la luz.
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Quiero el llanto verter que nutriendo
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está siempre mi vida infeliz,
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y correr dando un grito estupendo,
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y después como loco, reír.
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Que la luna entre sombras sepulte
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su maldita montaña de luz,
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cielo y tierra a mis ojos oculte,
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negra noche, tu negro capuz.
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Que ni el eco a la voz corresponda,
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que se enlute del campo el verdor;
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que ennegrezca el cristal de la onda;
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que se arrastre maldita la flor.
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Sólo se oiga del noto el silbido
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y del mar el solemne rugir,
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de agorera lechuza el graznido
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de la alondra el doliente gemir.
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La pavura del gélido osario
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reine en torno; que el éter azul
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se convierta en inmenso sudario
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y la tierra en gigante ataúd.
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De relámpago rojo las luces
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en el cielo de luto al flagrar,
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sólo alumbren de tumbas y cruces
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un calcáreo fatídico erial.
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Si en el cielo, de bilis preñado,
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brilla acaso de luna el fulgor,
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que su disco de sangre manchado
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enrojezca ese cuadro de horror.
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Las campanas distantes produzcan
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un tañido llorón, sepulcral;
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y los miasmas infectos conduzcan,
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salmodiado, imponente cantar.
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Forma vana, severa, imposible,
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abandone el podrido ataúd:
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misteriosa, cariada, terrible,
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vuelva un punto del ser a la luz.
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Y sus órbitas duras esmalte
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fosforente, siniestro brillar,
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y de su antro de hueso que salte
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carcajada estridente, fatal.
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Que del rayo la voz tan temida
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truene y cruce distancia sin fin,
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y la tierra por él sacudida
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se abra y brote cadáveres mil.
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Las culebras se empinen silbando,
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ruja sordo el terrible huracán;
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y los cuervos fastidien graznando;
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vengan rayos la fiesta a alumbrar.
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Esqueletos y momias horribles
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que la mano amarilla se den,
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y las piernas torcidas, risibles,
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muevan todos con lento vaivén.
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Y pedazos de tumba saltando,
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cruces, huesos y trozos de cal,
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al impulso del viento chocando
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improvisen orquesta infernal.
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Y con cauda de sombras tejida,
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la diadema de fuego en la sien,
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desde un trono de tumbas presida
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el festín de los muertos. Luzbel.
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El infierno en sus antros se agite;
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carcajadas arroje el dolor,
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y una voz estentórea que grite:
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¡Maldición! ¡maldición! ¡maldición!
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II
1
¿Y la noche?... ¿Qué es la noche?
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Línea de sombras, que Dios
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en medio de dos crepúsculos,
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por dividirlos, tiró:
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tenebroso mar con débiles
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ondas de luz y vapor,
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do el desengaño navega
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remolcando a la ilusión:
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cortinaje de tinieblas
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bajo el cual, en vil jergón,
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duerme el pobre, en tanto en púrpura
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tal vez se agita el señor:
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caleidoscopio enlutado
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que muestra en gira veloz
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embusteras ilusiones
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y espectros que dan pavor:
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tumba inmensa en que sepulta
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su pena y su humillación
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el infeliz que en el sueño
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único placer halló;
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de ese sueño que es tristeza,
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honda laxitud, sopor,
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paréntesis de la vida,
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estupidez, absorción.
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El desdichado quisiera
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nunca despertar, que el sol
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le trae sólo pesares,
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luto y desesperación.
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De quien oprimido vive
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entre miseria y dolor,
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es su consuelo la noche,
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dormir su placer mayor.
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¡Salve, noche! ¡Te bendigo!
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En tu funeral crespón
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oculto el llanto salobre
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que mi mejilla escaldó.
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Y tranquilo en sueño blando
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venturoso a veces soy,
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porque en la vida del sueño
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sueño otra vida mejor.
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III
1
Sueño es la vida; lloramos y reímos,
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porque soñamos sin cesar despiertos,
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hasta que un sueño, sin soñar, dormimos
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entre sombras y tumbas con los muertos;
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que a la nada fatal de do salimos,
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a esa nada fatal tornamos yertos;
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y en la noche solemne, impenetrable,
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descansamos en sueño perdurable.
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Análisis métrico
126
Versos
9.1
Media silábica
1141
Sílabas totales