LA EPOPEYA DEL MORRO
Allá, lejos, muy lejos,
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lúgubre fondo o cárdenos reflejos:
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el verbo de las broncas tempestades
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en gloriosa explosión rompe iracundo,
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y se apaga en las hondas soledades;
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el relámpago cruza vagabundo
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como una inmensa mariposa extraña;
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y el trueno llora su dolor profundo
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en el altar mayor de la montaña...
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¡Eco parece del enorme ruido
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que hicieron, derribados desde el cielo,
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al rodar para siempre en el olvido,
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los olímpicos dioses! ¡Voz de alarmas
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que sembraba pavor, pavor de hielo,
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estremeciendo las colgantes armas
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en el raudo corcel, que hallaba el suelo
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de la trémula Roma decadente,
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a donde el fiero bárbaro quería
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agua encontrar para lavar su frente
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salpicada de fangos todavía!
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¡Grito eterno de horror que el furibundo
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torrente da al saltar! ¡Ay de agonía,
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con que se rasga el corazón de un mundo!
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¡Mas no es la tempestad: es la batalla,
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que en la cúspide estalla
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del Morro que se siente estremecido,
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cual si hubiera del cielo descendido,
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en un bólido enorme, la metralla,
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para saltar del choque de la tierra,
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en horroroso y trágico estallido,
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como un pregón de atronadora guerra!...
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Blanca, espesa neblina
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la frente envuelve de la brava cumbre,
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en que el drama sangriento se adivina,
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del cañón ronco a la rojiza lumbre
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que desgarra las brumas repentina...
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Blanca, espesa neblina opaca el cielo;
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y hasta el altivo sol rinde tributo
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a la tristeza del heroico duelo,
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y se viste de luto...
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Así también, cuando los dioses quieren
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acabar con los héroes en la Iliada,
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los circundan de nieblas... ¡Y así mueren
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bajo los golpes de invisible espada,
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sin llegar á saber cómo los hieren!
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Por imposibles sendas, por estrechos
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bordes de precipicio, por do espacio
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encuentra al pie, las invasoras gentes,
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con la fe do los triunfos en sus pechos,
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con el sol de las iras en sus frentes,
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lánzanse a la altitud, cual los torrentes
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saltando por encima del reacio
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valladar que embaraza sus corrientes...
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Finge un río, que en ancha catarata,
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en vértigos de espuma se arrebata
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al chocar con las peñas: invertido,
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sube en vez de bajar. Las muchedumbres
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son las aguas de un mar desconocido...
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¡Tal el Diluvio Universal ha sido:
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tal subieron las aguas a las cumbres!
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Y el héroe está en el Morro; y está cierto
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de que se acerca el trágico minuto
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en que ha de rodar muerto;
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y está cierto a la vez de que su gloria
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ha de rasgar la obscuridad del luto,
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como un tajo de sol sobre la Historia.
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Es breve su estatura;
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pero en su alto corcel crece y espanta,
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cual si fuese titánica figura:
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el héroe toca con su frente el cielo,
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mas siempre tiene su corcel la planta
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afianzada en el seguro suelo...
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Llueve el plomo, se rasga la bandera
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se destempla el clarín; y roncamente
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la invasión adelanta y adelanta;
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y caen los soldados, a manera
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de las espigas cuya altiva frente
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el granizo quebranta...
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Se acerca el choque ya. ¡La lucha fiera
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va a enconarse por fin! Sigue el torrente...
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y todo es confusión súbitamente;
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y se mezclan soldados con soldados;
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y luego... ¡se derrama por do quiera
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ancho rumor de vientos encontrados!
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Mas... ¿Quién es el ginete misterioso
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que en carrera veloz hacia la cumbre,
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del torrente invasor sigue las huellas;
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y corre, y corre, de llegar ansioso,
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mientras sus armas de chispeante lumbre
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van lanzando relámpagos y estrellas?
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¡Es la muerte; ella es! Su rostro fiero,
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de luminosas cuencas, se destaca
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bajo de un casco de luciente acero:
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ciñe, como suntuoso coracero,
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ingente cota de bruñida placa.
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Se ve que avanza triunfadora y fuerte
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—con una nube en su semblante pálido
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y un rayo de dolor en su mirada—
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la dantesca figura de la Muerte
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cabalgadora en su corcel escuálido,
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que es un arpa de huesos destemplada...
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Cual relámpago el látigo chasquea;
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y se lanza a la cumbre, a la pelea:
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todo, todo lo arrolla y lo aniquila;
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que el corcel de la Muerte acaso sea
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¡el mismo espectro del bridón de Atila!
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¡Arranca chispas al sentar el callo
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en el recio peñón; clava la espuela
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en el hundido ijar de su caballo,
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que se para en dos pies; y luego... vuela!
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En su diestra, resplande la guadaña
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insaciable de vidas, que a ambos lados
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va sembrando el terror. ¡Es una extraña
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visión, un huracán de la montaña
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que arremolina nubes de soldados!...
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Como el experto nadador que a solas
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juega en el ancho mar, y ya sepulta
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su cabeza en las olas,
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ya la saca otra vez, ya la hunde luego,
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así la Muerte en misterioso juego,
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súbito ya parece, ya se oculta,
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ya vuelve a parecer; y entre las filas
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deshechas de soldados, cruza rauda,
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cual un cometa de pavura ciego
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que huye espantado de su propia cauda,
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o cual fiera que corre en la espesura
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revolviendo sus fúlgidas pupilas
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entre las sombras de la selva obscura...
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A cada rudo golpe, a cada embate,
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los batallones, —aves que en su nido
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quiebran las alas por sondear la altura—,
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van dejando rodar en el combate
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soldado tras soldado, hoja tras hoja,
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a manera de un árbol sacudido
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que de todas sus galas se despoja.
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Soplo de tempestad ruge iracundo...
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Allá un soldado cae, otro levanta;
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aquél hunde su corvo en la garganta
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del débil moribundo,
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que, soltando el fusil, rodó a su planta:
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aquel héroe sin nombre, con su sola
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calada bayoneta, al fin rechaza
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a un grupo, que le envuelve y le amenaza
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como a la peña la ceñida ola;
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ése, como hoja que arrebata el viento,
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de peña en peña va, por el barranco;
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ese otro lanza horrible juramento,
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los ojos pone en blanco,
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deja caer el arma, con la diestra
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cubre la sangre que en su pecho asoma
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y rápido, en mitad de la palestra,
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gira sobre sí mismo... y se desploma;
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éste, el corvo homicida
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clávale por la espalda al que entre tanto
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expone, ante cien muertes, una vida;
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éste, de cara al sol, muerto soldado,
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como expresión de póstumos enojos,
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muestra al cielo el combate reflejado
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en el cristal de sus abiertos ojos;
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y este otro, que dispara
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su arma antes de caer, rápido rueda
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y, en su alarde postrer, de espaldas queda,
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vuelta hacia el suelo con desdén la cara...
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Charcos de sangre lo enrojecen todo;
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y así la sangre, lustración de horrores,
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resbala en cauces de revuelto lodo
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cual por la sien del labrador sudores...
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¿Qué Verónica santa enjugaría
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el sudor de la sangre en ese suelo,
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si sólo alcanzaría
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a retratarse la batalla impía
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en el lino del bíblico pañuelo?...
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Entre la sangre, en grupos, confundidos
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se amontonan al par muertos y heridos;
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vibran las armas rotas sus destellos
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temblorosos, como esas sensaciones
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que recorren la piel hasta que inerte
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el cuerpo queda al fin. Y sobre aquellos
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grupos, en su corcel, salta la Muerte;
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y salta a modo de una cabra fiera
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que empezara a correr, por los montones
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de segadas espigas en la era...
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Y a manera del Dios de los cristianos
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que por do quiera se halla, o a manera
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dell sol que esparce generosa lumbre
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sobre el amplio hemisferio por do quiera,
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Bolognesi verter con amplias manos,
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sueña, gloria y fulgor desde la cumbre:
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blandir la espada al frente
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de aquel grupo que avanza denodado;
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él solo resistir aquel torrente
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del invasor jadeante y furibundo;
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bajar de su corcel, y al buen soldado
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que cayó levantar sobre sus hombros;
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y recoger el ¡ay! del moribundo;
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y luego, nuevamente cabalgando,
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buscar el choque provocando asombros;
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y ser, en medio de las luchas fieras,
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una llama entre todas las hogueras
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y una cruz sobre todos los escombros...
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A un mismo tiempo, las gloriosas vidas
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de Arias e Inclán que al golpe de la Suerte
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vanamente resisten, extinguidas
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disípanse en las sombras de la muerte.
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Arias, bajo su espada que resplande
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con luz eterna, es siete veces grande,
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ya que muestra en el pecho siete heridas...
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Inclán llena el afán desesperado
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que expresó un día, con modestia suma,
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de morir «como el último soldado...»
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Y brilla el sol con súbitos reflejos,
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haciendo resaltar, entre la bruma,
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la venerable faz de los dos viejos
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con sus cabellos de rizada espuma...
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Fue entonces... cuando mano temeraria
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de heroica abnegación, prendió la mina
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de uno de aquellos fuertes... Repentina
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retumba en la llanura solitaria,
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bronca, inmensa explosión, desde la cumbre;
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y se rasga la pálida neblina
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al parpadeo de rojiza lumbre...
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Soldados, armas, piedras, como informe
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masa que un monstruo destrozó, se lanzan,
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y hechos un grito de dolor enorme
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a las alturas resonando avanzan...
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Fiera columna se levanta al cielo,
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con fragor de horroroso torbellino,
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como protesta con que el mismo suelo
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se quiere sublevar contra el Destino...
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Y luego... aquí y allá, desparramados,
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aceros por mitad, muertos soldados,
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corceles moribundos; y en montones
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banderas y cureñas de cañones,
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miembros rotos y cuerpos desmenbrados...
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¡Oh! qué escena de horror...
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Y allí, risueña,
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una muerta mujer se abre de brazos,
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como sobre una cruz, en la cureña
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de un tronado cañón. Hecha pedazos
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la vestidura, sobre el pecho enseña
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de ensangrentada herida el rojo sello
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como flor que brotara de una peña...
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Al rodar desgreñado
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por sus hombros y en torno de su cuello,
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el revuelto caudal de su cabello,
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simula sobre el pecho ensangrentado
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negro plumón de buitre; y entre aquello,
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¡ay! se destaca el corvo del soldado
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fijo del seno en las desnudas pomas,
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como el pico de un cóndor, enclavado
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en medio de dos cándidas palomas...
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¡Una mujer! La dulce compañera
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no quiso separarse de su amado,
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sino quedarse oculta en la bandera
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de la patria inmortal, cual escondida
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perla en el mar, para que así la Suerte,
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que hizo de esas dos vidas una vida,
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las cortara también con una muerte!
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¡Y esa mujer, de carne desgarrada
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por infame puñal, con la mirada
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de un sol de gloria en la pupila incierta;
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esa, sobre el cañón crucificada,
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esa... es la imagen de la Patria muerta!
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¡Y otra mujer en la celeste altura
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de pronto apareció!... ¿Quién es? Su diestra
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arma no blande; y temblorosa y pura
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se sonríe con tétrica amargura
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al mirar el horror de la palestra...
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Arma no blande, no; pero fulgura
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entre sus manos bellas
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y delicadas, sobre nube obscura,
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misteriosa corona hecha de estrellas.
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Ciñe a su sien otra corona; y ciñe,
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con ígneo cinturón, túnica roja
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que de los héroes en la sangre tiñe...
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Su seno tiembla como leve hoja;
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su boca es una rosa sonriente;
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y sus pupilas de húmedas miradas
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parecen, al brillar tranquilamente,
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dos perlas de rocío salpicadas
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por el ala de cisne de su frente...
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¡Es la Gloria inmortal, que desde el cielo
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al héroe busca en la sangrienta zona;
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porque verle morir quiere en su anhelo,
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caer ante sus pies con raudo vuelo,
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y ceñirle su espléndida corona!
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Ante sus ojos, More, el digno hermano
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del héroe, erguido está. Si en su ansia loca
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rompió su nave un día
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contra una roca de la mar bravía, 1
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vengarse quiere del Destino insano:
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morir sobre la cumbre de otra roca
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y ante el asombro de ese mismo oceano.
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More acordose de la frase aquella
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del viejo Mariscal 2, cuando gritaba
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en medio de la tropa que luchaba
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por asir la victoria; frase bella
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y terrible a la vez; discurso parco,
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pero de singular, mágico hechizo:
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—¡Aquí un charco de sangre! pronto un charco.
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¡El no lo repitió; pero lo hizo!...
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Al abrigo del Morro,
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en tanto el «Manco-Cápac» se debate
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en pérdida segura y sin socorro:
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y la espesa neblina, agujereada
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por los ígneos disparos del combate,
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deja ver sobre el líquido elemento
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la palpitante flota desplegada,
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que a golpes de cañón fatiga el viento.
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Y el combate prosigue todavía...
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¡El combate es eterno;
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porque para los héroes cada hora
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es un siglo de afán y de ironía:
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ya que morir desean, la demora
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es un suplicio más, es el infierno,
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es la perpetuidad de la agonía!...
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¡Oh! ¡qué horrible es el ver en ambos lados
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caer unos tras otros los soldados,
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yerbas en que el corcel hunde la planta
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o frutos por las piedras arrancados!
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¡Oh! ¡qué horrible es saber que en la contienda
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el que cae, al caer sólo adelanta
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un paso más por nuestra propia senda!
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¡Menos horrible fuera, si es segura
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la muerte al fin, el que a la vez caídos
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hallaran una sola sepultura
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todos, a un tiempo y para siempre unidos!
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¡Qué vil es el deseo del tirano:
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hacer una de todas las cabezas
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para cortarla con su propia mano;
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mas siempre es menos vil que las vilezas
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del Destino inhumano,
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que a sus débiles víctimas inmola
12
unas ante otras sin piedad alguna:
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no hace de las cabezas una sola,
12
pero las va cortando una por una!...
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Análisis métrico
336
Versos
11.5
Media silábica
3865
Sílabas totales