ELOGIO A FUENSANTA
Tú no eres en mi huerto la pagana
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rosa de los ardores juveniles;
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te quise como a una dulce hermana
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y gozoso dejé mis quince abriles
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cual un ramo de flores de pureza
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entre tus manos blancas y gentiles.
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Humilde te ha rezado mi tristeza
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como en los pobres templos parroquiales
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el campesino ante la Virgen reza.
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Antífona es tu voz, y en los corales
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de tu mística boca he descubierto
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el sabor de los besos maternales.
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Tus ojos tristes, de mirar incierto,
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recuérdanme dos lámparas prendidas
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en la penumbra de un altar desierto.
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Las palmas de tus manos son ungidas
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por mi, que provocando tus asombros
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las beso en las ingratas despedidas.
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Soy débil, y al marchar por entre escombros
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me dirige la fuerza de tu planta
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y reclino las sienes en tus hombros.
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Nardo es tu cuerpo y tu virtud es tanta
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que en tus brazos beatíficos me duermo
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como sobre los senos de una Santa.
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¡Quién me otorgara en mi retiro yermo
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tener, Fuensanta, la condescendencia
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de tus bondades a mi amor enfermo
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como plenaria y última indulgencia!
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Análisis métrico
28
Versos
11.6
Media silábica
324
Sílabas totales