EL GIRO
Romancero de la guerra de independencia
14
I
1
Medio oculta entre la selva
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Como un nido entre las ramas,
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Y medio hundido en el fondo
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Tranquilo de una cañada,
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Allá por aquellos tiempos
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Hubo en Landín1 una casa
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Que no por ser tan sencilla
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Ni de un fecha tan larga,
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Era menos pintoresca,
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Ni tampoco menos blanca.
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Sombreaba su puerta un olmo
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De hojosas y verdes ramas,
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Puntos de citas de todas
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Las aves de las montañas;
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Y en uno de sus costados,
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Brotando límpida y clara,
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Saltaba entre los terrones
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Y entre las hierbas el agua,
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De noche siempre tranquila
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Y eternamente callada.
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Apenas el sol naciente
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Filtraba por sus ventanas,
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Cuando estremeciendo el aire,
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Sonaban dulces y claras,
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La voz de una cuna hablando
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De cuanto los niños hablan;
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La voz de una madre, rica
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De sentimientos y de alma,
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Y la voz de un hombre que era
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La eterna voz de la patria,
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Soñando ya con sus glorias
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Y ya con sus esperanzas.
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Tez cobriza como aquellos
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Primeros hijos de Anáhuac,
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Que tantas veces hicieron
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Temblar de miedo a la España,
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Cuando la España atrevida
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Midió con ellos sus armas;
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Fuerte y ágil como todos
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Los hijos de las montañas;
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Como un labriego, robusto;
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Como un patriota, entusiasta;
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Como un valiente, atrevido,
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Y como un joven, todo alma,
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El hombre de aquellas selvas,
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El hombre de aquella casa,
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Era el eterno modelo
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De esas figuras sagradas
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Que en el altar de los siglos
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Hacen un dios de una estatua.
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Veinticinco años apenas
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Por ese tiempo contaba,
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Y de sus nobles heridas
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La suma aún era más larga,
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Que no hubo por el Bajío
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Ningún combate ni hazaña
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Donde su ardor no estuviera
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Donde faltara su lanza,
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Ni donde al grito de muerte
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Sus huellas no señalara
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Con el licor de sus venas
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O el de las venas extrañas.
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Y allí tranquilo y oculto
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Su triste vida pasaba,
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Lamentando en su impotencia
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La esclavitud de la patria
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Que renunciando a la lucha,
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Renunciaba a la esperanza:
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Cuando una mañana, a la hora
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Que el último sueño marca,
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Despertó oyendo a lo lejos
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Un ruido confuso de armas;
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Y adivinando al instante
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La suerte que le amagaba,
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Bajó del lecho al influjo
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De una decisión extraña;
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Besa en los labios a su hijo,
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Besa en la frente a su amada,
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Clava los ojos ardientes
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En la entreabierta ventana,
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Y al ver por sus enemigos
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Ya casi envuelta su casa,
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Salta a las rocas, y entre ellos
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Se escapa por la montaña.
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II
1
Aún no se alzaba del todo
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La niebla de la mañana,
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Y aún no acertaban a darse
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Cuenta de tamaña audacia
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Los sitiadores furiosos
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Que sorprenderle esperaban,
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Cuando al galope y bajando
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Camino de la cañada,
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Vieron venir a lo lejos
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Un grupo de gente armada,
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Compuesto de ocho jinetes
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Y el hombre que los mandaba;
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En mayor número que ellos
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Y con superiores armas,
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Seguros de la victoria
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Fácil que se les aguarda,
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Todos empuñan las riendas,
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Todos afirman la lanza,
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Todos ven al enemigo
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Todos miden la distancia,
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Y en silencio y todos ellos
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Prontos a ponerse en marcha,
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Sólo esperan a que llegue
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La hora de entrar en batalla.
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Los insurgentes en tanto
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Viendo las huestes contrarias,
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Más de coraje la encienden
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Y más de amor la entusiasman,
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Y ansiosos de dar su sangre
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Por la salud de la patria,
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Sobre el caballo inclinan,
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La floja rienda adelantan,
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Y fijos los barboquejos
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Y el sombrero hacia la espalda,
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Entre la niebla y el polvo
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Corren, y vuelan y avanzan,
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Siguiendo entre los peñascos
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Al hombre de la cañada.
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Y ya los de Bustamante2
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Su primer paso avanzaban,
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Anhelando en su impaciencia
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Cómo acortar la distancia
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Que la interpuesta colina
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Con un recodo aumentaba;
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Cuando de pie en lo más alto
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De las rocas escarpadas,
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Vieron alzarse a un jinete
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Que con voz sonora y clara,
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—«Yo soy el Giro» —les dijo,
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«Si al Giro es a quien aguardan;
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Y el que lo busque que venga
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Si tiene honor y tiene alma,
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Que a todos espera el Giro
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Frente a frente y cara a cara»—.
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Dijo: y los fieros dragones
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Al grito de «¡Viva España!»
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Como un solo hombre treparon
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Hasta donde el Giro estaba
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Dispuesto como los suyos
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A sucumbir por la patria...
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Y fue la lucha, y terribles
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Al dar la espantosa carga,
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Insurgentes y realistas
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Ardiendo con cólera y rabia,
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Se entremezclaron sedientos
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De victoria y de matanza...
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Quiso la triste fortuna
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Favorecer a la España,
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El brillo de sus fulgores
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Negándole a nuestras armas,
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Que ya de los insurgentes
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Uno tan sólo quedaba
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A caballo todavía,
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Pero ya herido y sin armas.
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Era el Giro, que entre doce
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Dragones que le rodeaban,
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Sin rendirse al desaliento
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Ni inclinarse a la desgracia,
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Luchaba y arremetía
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Contra el que más se acercaba,
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Convirtiendo a su caballo,
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A un tiempo en escudo y arma.
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Por fin un brazo atrevido
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Clavó en su pecho una lanza,
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Perder haciéndole el poco
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Aliento que le quedaba;
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Pero él aunque ya en el suelo,
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Con fuerza siempre y con alma,
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Coge la lanza, del pecho
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Sin vacilar se la arranca,
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Y estremecido y al grito
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De independencia y de patria,
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De pie sobre los peñascos
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A sus contrarios aguarda;
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Y después de herir a todos
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Los que acercársele ensayan,
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Hace huir a los restantes
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Que ante heroicidad tamaña
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Se alejan, y desde lejos
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Lo rematan a pedradas.
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III
1
Mártir, que toda tu sangre
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Supiste dar por la patria;
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Tú, de los desconocidos
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Que murieron por salvarla,
8
¡Gracias por tu fortaleza,
8
Por tu sacrificio, gracias!
8
Análisis métrico
194
Versos
8.6
Media silábica
1663
Sílabas totales