EL «CACAHUATAL» DE SAN PABLO
I
1
Casi mediando por filo
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El siglo decimosexto,
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Pues sólo faltaba un año
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Para diez lustros completos,
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Un pregón del Santo Oficio
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Puso en gran alarma a México
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Asombrando a la nobleza
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Y a la plebe dando miedo.
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Iban a ser conducidos
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Con gran pompa al Quemadero
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Más de cien penitenciados,
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De grandes crímenes reos.
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Herejes y judaizantes,
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Desde largo tiempo presos,
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Y firmes en las doctrinas
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De Moisés y de Lutero,
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De sus terribles sentencias
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Fijado el lúgubre término
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Pronto como relajados
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Iban a ser un ejemplo,
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Una sagrada enseñanza,
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Prueba, verdad y escarmiento
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De que los hijos del diablo
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Deben morir en el fuego.
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Alzáronse inmensas piras
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Sobre aquel lugar siniestro,
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Donde hallamos una plaza
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de mercado en nuestros tiempos,
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Al lado sur del Palacio
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Donde reside el Gobierno.
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Cansáronse muchos hombres,
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Gastóse mucho dinero
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En los mil preparativos
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Del auto de fe más negro
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Que la Inquisición registra
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En su historia en nuestro suelo.
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Y corrió de boca en boca,
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Jurando todos ser cierto,
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Que ordenaba el Santo Oficio
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Que desde el conde al pechero
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Revistieran las fachadas
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De sus propios aposentos
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Con todo lo que mostrase
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Aflicción, terror y duelo.
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Que en balcones y ventanas
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De las casas del trayecto,
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Que recorrer deberían
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Hasta el suplicio los reos,
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Se pusieran crucifijos
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Con verdes ceras ardiendo;
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Lazos y cortinas negras,
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Ramas de ciprés con heno
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Y por únicos adornos
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Los atributos más tétricos
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De estatuas y de retablos
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En tumbas y cementerios.
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Que al pasar la comitiva,
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Con numeroso cortejo
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De inquisidores y jueces
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Y de verdugos y pueblo,
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Ninguno hablara en voz alta
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Para no ofender al cielo,
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Y que de todas las bocas
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Salieran fervientes rezos,
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Para así atenuar un tanto
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La suerte de los confesos.
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Que era obligación de todos
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Rezar contritos el Credo
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Y repetirlo las veces
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Que les permitiera el tiempo
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Que tardaran en cambiarse
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En cenizas los incrédulos.
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Por último el Santo Oficio,
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A nobles como a plebeyos,
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Ordenaba que llevasen
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En torno del Quemadero
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A sus esposas e hijos
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Para tomar escarmiento
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De cómo padece y muere
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Y causa terror un réprobo.
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Y les previno asimismo
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Que aquel que por sentimiento,
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Por compasión o ternura
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En instantes tan supremos
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Solicitara clemencia
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O indulto para los reos,
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A las terribles hogueras
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Fuera arrojado con éstos.
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Y se mandó que ninguna
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De las gentes de este Reino
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Pudiera asistir al auto
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Ni conocer a los reos
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Sin haber en su parroquia
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Cumplidos los sacramentos
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Que lavan de toda culpa
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Y curan de todo yerro.
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Con tan graves prescripciones
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Los habitantes de México
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Esperaban el instante
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En que un castigo tremendo
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Iba a cumplirse, llevando
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Cien hombres al Quemadero.
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II
1
No hay plazo que no se cumpla,
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Dice un sabido proverbio,
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Y al fin llegó la alborada
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Que ansioso esperaba el pueblo.
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Dentro de las tristes celdas
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A los infelices reos
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Sus verdugos de rodillas
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Estas cosas les dijeron:
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«Nosotros, que vuestras vidas
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Por mandato cortaremos,
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Vuestro perdón demandamos
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En nombre del Juez Supremo
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A quien también le pedimos
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Que os liberte del infierno».
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Y esta fórmula cumplida
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Visten con hopa a los presos,
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Y los disponen y alistan
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para caminar al fuego.
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Entre todos, allí estaba
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Ocupando el primer puesto
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Un judaizante muy rico
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y de carácter de hierro.
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Contaban propios y extraños,
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En público y en secreto
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Que vino a la Nueva España
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A dedicarse al comercio.
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Construyó un amplio palacio
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Un tanto churrigueresco,
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En el barrio más distante
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De la capital del reino.
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Y arregló en el piso bajo
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Una casa de comercio
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Con dos puertas, de las cuales
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Una tuvo el privilegio
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De que si entraba por ella
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Un comprador forastero,
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Sacaba, sin explicárselo,
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Más baratos los efectos.
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Así vivió sin zozobras
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El mercader mucho tiempo,
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Y le debió a una desgracia
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Turbar tan dulce sosiego.
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Tuvo entre su muchedumbre
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A una mujer a quien dieron
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Orden de que investigase
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De aquel hombre los secretos;
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Y ella, astuta y maliciosa,
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Y fanática en extremo
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Llegaba noche por noche
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Junto a la alcoba del dueño,
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Y no le vio santiguarse
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Ni le escuchó ningún rezo.
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Pero sí notó que siempre
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Se escucharan raros ecos
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De golpes, como si diera
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Azotes en algún cuerpo;
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Miró por la cerradura
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Y vio con asombre inmenso
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Que aquel hombre fustigaba
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Con un rebenque de cuero
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A un Niño Jesús, desnudo
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Y tendido sobre el suelo.
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Le dio parte a la justicia
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Y no pasó mucho tiempo
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Sin que al hereje encontrara
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El inquisidor Aldeño,
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Dando golpes a la imagen
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Del Príncipe de los Cielos.
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Registrada aquella casa,
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Encontraron que el hebreo
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En una de las dos puertas
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De su casa de comercio
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Enterró dos crucifijos
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Y formaba su contento
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Vender al que los pisaba
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Más baratos los efectos.
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Por crímenes tan terribles,
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Por tan grandes sacrilegios,
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Sentenciólo el Santo Oficio
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A ser arrojado al fuego,
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Con coraza en la cabeza
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Y sambenito en el cuerpo,
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Conducido con una mula,
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Montado en sentido inverso,
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Con el rostro hacia la cola,
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Custodiado por dos negros.
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Y que después de quemado,
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Para enseñanza del pueblo,
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Se esparcieran las cenizas
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En alto a los cuatro vientos,
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Confiscándose sus bienes,
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Su habitación maldiciendo,
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Regando con sal y lumbre
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Los muros y los cimientos
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Y condenando a sus hijos
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A calabozo perpetuo.
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III
1
Cuentan viejos pergaminos
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Que el excomulgado reo,
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Cuando al suplicio marchaba
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Daba pavor por blasfemo.
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Y que la mula elegida
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Para conducir su cuerpo
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Se encabritó tantas veces
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Que dio con él en el suelo;
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Y temiéndose que vivo
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No llegara al Quemadero,
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Ordenaron que subiera
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Para sujetarlo un negro,
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Que lo estrechó entre sus brazos
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En gran parte del trayecto.
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El pueblo que contemplaba
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Tan espantosos sucesos,
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Sin explicarse el motivo,
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Dijo para sus adentros:
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«Este hereje lleva el diablo
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Tan bien metido en el cuerpo,
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Que ni la mula aguanta
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Para no ofender al cielo».
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Por ventanas y balcones,
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En vez de salmos y rezos,
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Le arrojaban anatemas,
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Maldiciones y denuestos;
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Y como era mes de julio
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En que siempre llueve en México,
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Y estaba el cielo nublado
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Y nada agradable el cierzo,
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Las gentes se sospechaban
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Que por no ver al blasfemo,
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Entre cenicientas nubes
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Permaneció el sol envuelto.
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Así al horrible suplicio
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Llegaron a pasos lentos
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Más de cien excomulgados,
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Todos firmes y confesos.
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Tocó el turno al israelita
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Que fue entre todos aquellos
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El primer quemado vivo
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Por sus grandes sacrilegios.
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Y dicen que al verse atado
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Al tosco mástil de hierro
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Y cuando ya lo envolvían
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Las rojas lenguas del fuego,
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Les gritaba a los verdugos
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Con tosco y rabioso acento
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«Echen más leña, infelices,
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Que me cuesta mi dinero».
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IV
1
Han transcurrido dos siglos
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Y aún está de pie y entero
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El palacio en que habitara
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El infortunado reo.
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Llamóse Tomás Tremiño;
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No murió joven ni viejo
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Y fue de carácter firme
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Y de condición discreto.
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No se ha borrado su nombre
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De la memoria del pueblo,
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Porque siempre el infortunio
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Del cristiano y del hebreo
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Hace palpitar llorando
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A los corazones buenos.
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Y se encomia y se bendice
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Y se aplaude con anhelo
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La dicha de haber nacido
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Con la razón y el derecho
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Y sin hogueras que forjen
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Los grillos del pensamiento.
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Análisis métrico
272
Versos
8.2
Media silábica
2233
Sílabas totales