DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO
Canción
2
En el profundo del abismo estabas
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del no ser encerrado y detenido,
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sin poder ni saber salir afuera,
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y todo lo que es algo en mí faltaba,
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la vida, el alma, el cuerpo y el sentido;
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y en fin, mi ser no ser entonces era,
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y así de esta manera
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estuve eternamente
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nada visible y sin tratar con gente,
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en tal suerte que aun era muy más buena
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del ancho mar la más menuda arena;
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y el gusanillo de la gente hollado
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un rey era, conmigo comparado.
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Estando, pues, en tal tiniebla oscura,
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volviendo ya con curso presuroso
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el sexto siglo el estrellado cielo,
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miró el gran Padre, Dios de la natura,
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y viome en sí benigno y amoroso,
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y sacóme a la luz de aqueste suelo,
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vistióme de este velo,
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de flaca carne y güeso,
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mas diome el alma, a quien no hubiera peso,
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que impidiera llegar a la presencia
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de la divina e inefable Esencia,
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si la primera culpa no agravara
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su ligereza y alas derribara
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¡Oh culpa amarga, y cuánto bien quitaste
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al alma mía! ¡Cuánto mal hiciste!
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Luego que fue criada y junto infusa,
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tú de gracia y justicia la privaste,
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y al mismo Dios contraria la pusiste;
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ciega, enemiga, sin favor, confusa,
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por ti siempre rehúsa
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el bien, y la molesta
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la virtud, y a los vicios está presta;
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por ti la fiera muerte ensangrentada,
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por ti toda miseria tuvo entrada,
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hambre, dolor, gemido, fuego, invierno,
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pobreza, enfermedad, pecado, infierno.
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Así que en los pañales del pecado
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fui, como todos, luego al punto envuelto
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y con la obligación de eterna pena,
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con tanta fuerza y tan estrecho atado,
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que no pudiera de ella verme suelto
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en virtud propia ni en virtud ajena,
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sino de aquella (llena
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de piedad tan fuerte)
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bondad, que con su muerte a nuestra muerte
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mató, y gloriosamente hubo deshecho,
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rompiendo el amoroso y sacro pecho,
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de donde mana soberana fuente
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de gracia y de salud a toda gente.
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En esto plugo a la bondad inmensa
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darme otro ser más alto que tenía,
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bañándome en el agua consagrada;
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quedó con esto limpia de la ofensa,
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graciosísima y bella el alma mía,
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de mil bienes y dones adornada;
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en fin, cual desposada
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con el Rey de la gloria,
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¡oh, cuán dulce y suavísima memoria!,
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allí la recibió por cara Esposa,
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y allí le prometió de no amar cosa
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fuera de él o por él, mientras viviese.
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¡Oh, si, de hoy más siquiera, lo cumpliese!
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Crecí después y fui en edad entrando;
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llegué a la discreción, con que debiera
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entregarme a quien tanto me había dado,
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y, en vez de esto la lealtad quebrando,
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que en el bautismo sacro prometiera
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y con mi propio nombre había firmado,
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aún no hubo bien llegado
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el deleite vicioso
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del cruel enemigo venenoso,
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cuando con todo di en un punto al traste.
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¿Hay corazón tan duro en sí, que baste
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a no romperse dentro en nuestro seno,
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de pena el mío, de lástima el ajeno?
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Más que la tierra queda tenebrosa,
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cuando su claro rostro el sol ausenta
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y a bañar lleva al mar su carro de oro;
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más estéril, más seca y pedregosa,
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que cuando largo tiempo está sedienta,
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quedó mi alma sin aquel tesoro,
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por quien yo plaño y lloro,
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y hay que llorar contino,
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pues que quedé sin luz del Sol divino,
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y sin aquel rocío soberano,
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que obraba en ella el celestial verano;
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ciega, disforme, torpe y a la hora
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hecha una vil esclava de señora.
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¡Oh, Padre inmenso, que inmovible estando
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das a las cosas movimiento y vida,
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y las gobiernas tan süavemente!,
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¿qué amor detuvo tu justicia, cuando
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mi alma tan ingrata y atrevida,
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dejando a ti, del bien eterno fuente,
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con ansia tan ardiente
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en aguas detenidas
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de cisternas corruptas y podridas,
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se echó de pechos ante tu presencia?
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¡Oh, divina y altísima clemencia,
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que no me despeñases al momento
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en el largo profundo del tormento!
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Sufrióme entonces tu piedad divina
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y sacóme de aquel hediondo cieno,
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do, sin sentir aún el hedor, estaba
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con falsa paz el ánima mezquina,
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juzgando por tan rico y tan sereno
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el miserable estado que gozaba,
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que sólo deseaba
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perpetuo aquel contento;
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pero sopló a deshora un manso viento
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del Espíritu eterno, y, enviando
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un aire dulce al alma, fue llevando
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la espesa niebla que la luz cubría,
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dándole un claro y muy sereno día.
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Vio luego de su estado la vileza,
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en que, guardando inmundos animales,
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de su tan vil manjar aún no se hartara;
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vio el fruto del deleite y de torpeza
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ser confusión, y penas tan mortales;
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temió la recta y no doblada vara,
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y la severa cara
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de aquel juez sempiterno;
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la muerte, juicio, gloria, fuego, infierno,
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cada cual acudiendo por su parte,
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la cercan con tal fuerza y de tal arte,
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que, quedando confuso y temeroso,
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temblando estaba sin hallar reposo.
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Ya que, en mí vuelto, sosegué algún tanto,
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en lágrimas bañando el pecho y suelo,
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y con suspiros abrasando el viento:
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«Padre piadoso, dije, Padre santo,
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benigno Padre, Padre de consuelo,
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perdonad, Padre, aqueste atrevimiento;
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a vos vengo, aunque siento,
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de mí mismo corrido,
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que no merezco ser de vos oído;
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mas mirad las heridas que me han hecho
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mis pecados, cuán roto y cuán deshecho
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me tienen, y cuán pobre y miserable,
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ciego, leproso, enfermo, lamentable.
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Mostrad vuestras entrañas amorosas
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en recebirme agora y perdonarme,
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pues es, benigno Dios, tan propio vuestro
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tener piedad de todas vuestras cosas;
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y si os place, Señor, de castigarme,
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no me entreguéis al enemigo nuestro;
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a diestro y a siniestro
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tomad vos la venganza,
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herid en mí con fuego, azote y lanza;
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cortad, quemad, romped; sin duelo alguno
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atormentad mis miembros de uno a uno,
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con que, después de aqueste tal castigo,
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volváis a ser mi Dios, mi buen amigo».
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Apenas hube dicho aquesto, cuando
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con los brazos abiertos me levanta
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y me otorga su amor, su gracia y vida,
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y a mis males y llagas aplicando
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la medicina soberana y santa,
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a tal enfermedad constituida,
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me deja sin herida,
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de todo punto sano,
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pero con las heridas del tirano
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hábito, que iba ya en naturaleza
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volviéndose, y con una tal flaqueza,
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que, aunque sané del mal y su accidente,
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diez años ha que soy convaleciente.
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Análisis métrico
170
Versos
10.8
Media silábica
1844
Sílabas totales