CANTAD, HERMOSAS
Las que sintáis, por dicha, algún destello
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del numen sacro y bello,
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que anima la dulcísima poesía,
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oíd: no injustamente
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su inspiración naciente
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sofoquéis en la joven fantasía.
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Si en el pasado siglo intimidadas
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las hembras desdichadas,
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ahogaron entre lágrimas su acento,
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no es en el nuestro mengua,
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que en alta voz la lengua
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revele el inocente pensamiento.
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Do entre el escombro de la edad caída,
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aun la voz atrevida,
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suena, tal vez, de intolerante anciano,
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que en áspera querella
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rechaza de la bella
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el claro ingenio, cual delirio insano.
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Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
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quien el recuerdo alcanza
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de la edad en que al alma femenina
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se negaba el acento,
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que puede, por el viento,
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libre exhalar la humilde golondrina?
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Aquellas mudas turbas de mujeres,
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que penas y placeres
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en silencioso tedio consumían,
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ahogando en su existencia
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su viva inteligencia,
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su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!
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¡Cuál de su pensamiento la corriente,
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cortada estrechamente
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por el dique de bárbaros errores,
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en pantano reunida,
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quedara corrompida
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en vez de fecundar campos de flores!
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¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
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postrado sin aliento,
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en esos bellos cuerpos juveniles,
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feneció, tristemente,
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miserable y doliente-,
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desecado en la flor de los abriles!
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¡Gloria a los hombres de alma generosa,
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que la prisión odiosa
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rompen del pensamiento femenino!
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gloria a la estirpe clara
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que nos guía y ampara
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por nuevo anchurosísimo camino!
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Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
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en sus manos queridas,
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viertan los ojos en ofrenda pura:
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pues, sólo con dejarnos,
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cantando consolarnos
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nos quitan la mitad de la tristura.
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¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
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desde que al arpa fía
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sus hondos concentrados sentimientos!
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¡Oh cuánto alivio alcanzo,
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desde que al aire lanzo,
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con expansión cumplida, mis acentos!
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Yo de niña en mi espíritu sentía
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vaga melancolía
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de secreta ansiedad, que me agitaba;
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mas, al romper mi canto,
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cien veces, con espanto,
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en la mente infantil lo sofocaba.
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Que entonces, en mi tierra, parecía
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la sencilla poesía
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maléfica serpiente cuyo aliento
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dicen, que marchitaba
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a la joven que osaba
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su influjo percibir sólo un momento.
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¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
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bajo el disfraz terrible,
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con que falsa nos muestra antigua gente
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su cándida hermosura,
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pudiera sin pavura
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conocer y adorar antes la mente?
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¡Qué rara maravilla y que alegría
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sintió mi fantasía
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cuando mudada vio la sierpe fiera
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en niña mansa y pura,
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tan llena de ternura,
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que no hay otra más dulce compañera!
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¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
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mi espíritu mimado
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y en su inocente halago suspendido,
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suavísimas las horas
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tras de voces sonoras,
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pasó vagando en venturoso olvido!
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Decid a los que el odio en ella ensañan,
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que viles os engañan
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esa deidad al calumniar osados;
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decidles, que no es ella
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la que infunde a la bella
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afectos en el alma depravados.
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Si brota en malos troncos injertada
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será porque arrancada
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del primitivo suelo con violencia
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de la rarna en que vive,
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a su pesar recibe
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el venenoso jugo su existencia.
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Empero, no esa flor alba y hermosa
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aroma perniciosa
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de la doncella ofrece a los sentidos,
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a los que tal dijeron,
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decidles que mintieron
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como necios y torpes y atrevidos.
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Y aquéllas que sintáis algún destello
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del numen sacro y bello,
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que anima la dulcísima poesía,
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llegad tranquilamente,
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y en su altar inocente
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rendid vuestro homenaje de armonía.
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Hallen los pensamientos oprimidos,
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que ulceran los sentidos,
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giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
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si con silencio tanto
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de ese mudo quebranto
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los corazones ya no tenéis secos.
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Cántenos su infortunio cada bella,
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que si la pena de ella
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penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
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mejor que los doctores
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explica sus dolores
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con agudo gemir, el moribundo.
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Dichas, amores, penas, alegrías,
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lloros, melancolías,
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trovad, al son de plácidos laúdes,
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mas ¡ay de la cantora
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que a esa región sonora
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suba sin inocencia y sin virtudes!
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Pues, en vez de quedar su vida impura
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bajo de losa oscura
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en silencioso olvido sepultada,
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con su genio y su gloria,
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de su perversa historia
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eterno hará el baldón, la desdichada.
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Cante la que mostrar la erguida frente
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pueda serenamente
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sin mancilla a la luz clara del cielo;
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cante la cine a este mundo
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de maldades fecundo
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venga con su bondad a dar consuelo.
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Cante, la que en su pecho fortaleza
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para alzar con pureza
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su espíritu al excelso templo, halle:
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pero, la indigna dama
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huya la eterna fama,
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devore su ambición, se oculte y calle.
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Análisis métrico
150
Versos
9.6
Media silábica
1444
Sílabas totales