CÁDIZ
Después de tanto tiempo, vastas edades,
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siglos, migraciones allí sorprendidas
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frente al vocerío de las aguas sin límite
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y asentadas en su espera
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hasta confundirse con el polvo calcáreo,
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hasta no dejar otra huella que sus muertos
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vestidos con abigarrados ornamentos
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de origen incierto, escarabajos egipcios,
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pomos con ungüentos fenicios,
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armas de la Hélade, coronas etruscas,
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después de tales cosas, la piedra
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ha venido a ser una presencia
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de albas porosidades, laberintos minúsculos,
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ruinas de minuciosa pequeñez,
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de brevedad sin término,
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y así las paredes, los patios, las murallas,
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los más secretos rincones, el aire mismo
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en su labrada transparencia también
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horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.
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Y llego a este lugar y sé que desde siempre
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ha sido el centro intocado del que manan
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mis sueños, la absorta savia
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de mis más secretos territorios,
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reinos que recorro, solitario destejedor
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de sus misterios, señor de la luz que los devora,
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herencia sobre la cual los hombres
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no tienen ni la más leve noticia,
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ni la menor parcela de dominio.
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Y en el patio donde jugaron mis abuelos,
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con su pozo modesto y sus altos muros
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labrados como madréporas sin edad,
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en la casa de la calle de Capuchinos
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me ha sido revelada de nuevo y para siempre
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la oculta cifra de mi nombre,
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el secreto de mi sangre, la voz de los míos.
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Yo nombro ahora este puerto que el sol
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y la sal edificaron para ganarle al tiempo
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una extensa porción de sus comarcas
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y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia
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para que nada ni nadie intente en vano
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desheredarme una vez más de lo que sido
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«el reino que estaba para mí».
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Análisis métrico
42
Versos
12.3
Media silábica
517
Sílabas totales