BODAS DE ORO
¿Que cante al virtuoso
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sabio varón de corazón piadoso?
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No es mi musa la musa cortesana
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de palabra del miel y áureo ropaje
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que quema incienso a la grandeza humana;
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es la ruda aldeana
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que va vestida con honesto traje,
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cantando la virtud en el lenguaje
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que le enseñó Naturaleza sana.
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Y porque ella es así, porque es sincera,
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porque no es lisonjera,
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porque es del bien la enamorada ruda
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cantando la virtud es vocinglera,
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mas delante del héroe es hosca y muda.
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Ni mi musa acaricia los sentidos
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de los hombres henchidos
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del viento de la gloria inmerecida,
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ni desgarra con épicos sonidos
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los austeros oídos
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de los grandes humildes de la vida.
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Es de almas sin decoro
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plegar las alas ante el trono de oro
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donde se asienta la soberbia humana,
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y pulsando el laúd, rodilla en tierra,
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quemar inciensos y cantar a coro
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con las legiones de la gente vana.
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Pero es mayor pecado
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cantarle al justo la canción sonora,
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que su virtud celebra,
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en lengua seductora
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de meliflua serpiente tentadora
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a quien solo humildad su diente quiebra.
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Arrullen los juglares
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el trono del soberbio con cantares,
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y la turba servil de aduladores
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queme todo su incienso en los altares
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donde honor y virtud no son señores.
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Pero la musa honrada,
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cuando penetre en el desnudo templo
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del alma de un humilde, ore callada
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y escuche en las honduras del ejemplo
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la armonía del bien allí guardada.
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Y luego de aprendida
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la música de Dios, que a gloria suena,
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requiera el arpa que a cantar convida
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y ensaye en ella la canción serena
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del alma recta, de virtud nutrida.
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Mas no hiera el oído de los justos
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con ditirambos de clamor liviano,
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que en los senos de espíritus robustos
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suenan a ruido vano.
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¿Qué le place a los grandes corazones
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un decir halagüeño,
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si ellos moran en diáfanas regiones
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donde el ídolo humano es muy pequeño,
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la voz de la lisonja desabrida,
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la trompa de la fama ronca y hueca,
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pobre la falsa vida
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y el mundo frágil como caña seca?
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Las alas de la fama presurosa,
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esta vez no engañosa,
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también trajeron a mi abierto oído,
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que lo oyó con deleite inenarrable,
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el nombre esclarecido
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del justo patriarca venerable.
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Y así como el idólatra del oro
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guarda siempre el tesoro
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de su morada en el rincón oscuro,
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yo de ese justo la adorable historia
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escondí en el rincón de la memoria
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donde suelo guardar todo lo puro.
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Y en el silencio donde oculto he dado
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a su santa humildad, nunca he clamado:
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«¡Si supiera cantar almas tan santas!...»
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Pero siempre muy quedo he murmurado:
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«¡Si supiera imitar virtudes tantas!»
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Palabras indiscretas,
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qué hermosas habéis sido
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mientras fuisteis sencillas y secretas
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si osáis llegar al delicado oído
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del venerable anciano
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que sabe perdonar flaquezas tales,
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decidle que sois hijas de un cristiano
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y que amores filiales
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os arrancaron del rincón arcano
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donde estabais mejor que en las venales
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alas del viento charlatán y vano.
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Bien sé que en la armonía
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que el justo oyera de la lira mía,
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fuera gárrula música liviana,
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hueca trompetería
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que no conmueve la muralla ingente
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de la humildad cristiana,
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que escucha el alma del varón prudente.
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Pero más que la estrofa detonante
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con que el hijo leal celebre y cante
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las altas prendas de su padre amado,
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le place al padre amante
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oír la apasionada melodía
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del hijo enamorado
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de la virtud que de nutrirlo ansía.
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Venerable Pastor que has conducido
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tu rebaño querido
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hollando con tus plantas los abrojos,
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por las ásperas cuestas de la vida:
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tú, que ya ves con anhelantes ojos
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la tierra prometida,
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desde las cumbres del dorado ocaso
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que ganas paso a paso
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con santa majestad de alma elegida,
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alza tus manos al clemente Cielo
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y alcánzale a tus hijos el consuelo
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de dilatar tu triste despedida.
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¿No ves cómo te aman?
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¿No escuchas cómo a coro
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todos padre te llaman?
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¿Oyes cómo te aclaman
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celebrando tus puras bodas de oro?
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¿No ves cómo a tus puertas,
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siempre a la santa Caridad abiertas,
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se agolpan, rumorosas,
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las turbas de tus pobres, numerosas,
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que pan y bendiciones
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reciben de tus manos amorosas?
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Ese rumor opaco y elocuente
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que tu nombre amadísimo murmura
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es el himno amoroso más ardiente
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que de la humana gente
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puede escuchar una conciencia pura.
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El otro canto, el de la gloria humana,
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ya sonará vibrante
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cuando entres por las puertas de la Historia;
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y otro más dulce que tu triunfo cante
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cuando te abra el Señor las de su gloria.
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Análisis métrico
134
Versos
10.5
Media silábica
1407
Sílabas totales