A UN AÑO DE TU LUZ ELEGÍA A LA MADRE
A un año de tu luz, e iluminado
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hasta el final de su latir, por ella,
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desanda el viaje el corazón cansado.
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De tu voz, de tu mano y de tu huella
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retorna a la niñez, donde palpita
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sangres de luz tu corazón de estrella.
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Vamos los dos a la esperada cita
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y parece saltar de mi costado,
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santa y clara, tu voz de agua bendita.
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Y así al solar de la niñez llegado,
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mi corazón, devuelto de tu muerte,
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a un año de tu luz, e iluminado.
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Luna de Cumaná, para encenderte
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la lámpara de arrullo que me duerma
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y el postigo de voz que me despierte.
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Luna en el pan de la colina yerma,
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en el río, en la sabana,
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pavón lunar de mariposa enferma;
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y luna en el cocal, junto a Chiclana,
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donde el recuerdo azul de tus amores
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se echa a dormir, como una caravana;
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luna para los mapas de colores
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que teje la nocturna confidencia
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rumbo a la calle de Flor de las Flores
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y luna que en tus uvas aquerencia
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para miel de aquellas de tu parra
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y el limón de las doce de tu ausencia.
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Ancha la casa que el poema narra:
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blancas mujeres, de azabache el pelo,
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hechas al par de hormiga y de cigarra;
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buenas para el bautizo y para el duelo,
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parejas en el hambre o en la medra,
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del sueño canto y del dolor pañuelo.
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Galaica flor en castellana piedra:
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vaciada al acueducto segoviano
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la ría de cantor de Pontevedra
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Así te halló el esposo y hortelano,
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Doctor para saber cómo se tienta
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el pulso al corazón desde la mano.
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Así el hogar, señora y cenicienta,
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nodriza y enfermera en el manejo
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y en el combate al sol, lugartenienta.
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Así la lucha y la prisión, espejo
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de aquella tierra de recluta y canto,
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panal del niño y retamal del viejo.
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Y tu niño en la flor del camposanto
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y el Esposo en el sol de los caminos
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el exilio y el mar: cosas del llanto.
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La isla de los lobos peregrinos,
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de níspero el sabor, de perla el flanco,
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de sal, de sol, de piedra los marinos.
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Copia de espuma y ola en el barranco,
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de noche y playa, médico y cochero,
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el coche negro y el caballo blanco.
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Y la Virgen del Valle y el vallero,
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perla para los buzos hacia arriba,
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madre del mar y de su marinero.
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La Isla, como tú, del mar cautiva,
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con eso de la sed y de la vela,
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siempre llegando y siempre fugitiva.
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Dormir allí, bajo tu cantinela
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soñar domingos de color de playa
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en la semana de color de escuela.
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Dormir allí, pescado en la atarraya
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de tu labor de estambre y mecedora,
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mi sueño, entre las dunas de tu saya.
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¡Ay, las hermanas de durazno y mora!
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¡Ay, mi hermano de amor y de centella!
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¡Ay, mi Padre de luz y tú de aurora!
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¡Ay, el claro querer sin la querella!
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Tu pan, tu sol, tus ojos, para el día;
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para la noche, kerosén y estrella.
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Para la noche de ponerte fría,
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cuando oíste subir de tus hinojos
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el llanto de mi verso que nacía.
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Yo en tus rodillas, en la calle abrojos,
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en la acera los dos, y una saeta
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mi primer verso fue para tus ojos.
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Me alzaste en brazos; trémula y coqueta,
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fuiste y volviste de la risa al lloro
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y empezaste a gritar: —¡Tengo un Poeta!
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tú quisiste decir: —Tengo un tesoro,
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tengo un ovillo de torzal de plata
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y una cocina de fogón de oro...
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Así la Isla: calles de piñata,
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amor de la muñeca y la gaviota,
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cartas de sol con lunas de postdata.
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Hasta el día en que el mar, gota por gota,
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cayó desde las nubes de tu llanto
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hasta los pies de tu muñeca rota;
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y otro pedazo tuyo al camposanto:
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niña del mar, que te prestó la tierra;
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tanto te daba y te quitaba tanto.
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Y al mar de nuevo, la balandra en guerra.
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Y el cabo al tajamar y el salto al valle
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del pequeño calvario y la alta sierra.
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La ciudad linda, de guirnalda al talle,
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el bronce amado y verdugo triste
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y el silencio del hombre de la calle.
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Y tus manos de bruja artesanía
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en el punto cabal de la chaqueta
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y en escarpines de juguetería.
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(Por eso, tejedora en el poeta,
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en la dantesca red de los tercetos
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engarzo a ti lazada y cadeneta).
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Y el regreso a los hijos y los nietos,
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feliz de tus estancias favoritas
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y enredada la lengua de alfabetos;
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y la puntualidad de tus visitas
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a misa de San Juan, por la mañana,
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a la capilla de las hermanitas.
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Morir, morir... La insustituible hermana
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al reino de la nube y de la flecha,
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luna descalza, huyó por la ventana.
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No fue más que otra deuda satisfecha
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en el trueque de savias y de flores
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que había entre la tumba y tu cosecha.
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Tu casa de San Luis de los Dolores
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alzó al lacrimatorio de los pinos
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la conciencia de ángel de las flores.
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Y tú a sus pies; el odio en los caminos
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y tú ofreciendo en el cruzar del fuego
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aire de amor a todos los molinos.
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Era molerte el alma; el mundo ciego
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luchando, y tú, en el centro de la guerra,
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sin queja, sin rencor y sin sosiego.
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Y al último dolor, tu vida cierra
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balance de los hombres de tu entraña:
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bajo la tierra, dos, y uno sin tierra.
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Al mar de nuevo, a darme en tierra extraña
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la valiente mirada que quería
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luchar contra la gota en la pestaña.
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Después, aquellos hombres de alma fría;
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el inhóspito lecho hospitalario,
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sobre la tela del cercano cielo,
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el encaje final de tu rosario.
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Y el regreso al hogar, el negro vuelo:
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con las dos alas el avión cortaba
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varas de noche para nuestro duelo.
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Aldebarán, que nos acompañaba,
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las Pléyades y el mar que las refleja
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miraron una urna que volaba.
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Al final del estambre en tu madeja
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se cuajó en tu mirada nebulosa
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la última uva de la noche vieja.
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Así fue. Y al morir la dolorosa,
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un ave negra le llevó al lucero
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en el pico ladrón la mariposa.
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Fue en un día tres veces agorero;
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ese día de un mes, nos ha quedado
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como el mejor para decir «Me muero».
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Así fue, madre, el fin de tu bordado
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como el mejor para decir «Me muero».
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Así fue, madre, el fin de tu bordado.
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De tus hijas y nietas el gemido
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puso a temblar el pino abandonado.
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En hombros te llevaba el pueblo herido,
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la múltiple cabeza descubierta,
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y al pasar por San Luis, tu viejo nido,
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el mundo de tu amor salió a la puerta
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y el silencio de un hijo que lloraba
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metió el pinar en tu cajón de muerta.
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Aquí conmigo estás; yo, que soñaba
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viajar contigo, tengo en tu retrato
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esa sonrisa que te iluminaba.
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Y allá estarás, en el taller beato,
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para vestir de blancos faldellines
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a mi angelito negro y mulato,
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para llenar de azules escarpines,
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tejidos con celajes de destellos,
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la canastilla de los serafines.
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Estamos con los hijos y hasta ellos
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vemos caer la luz de tu mirada,
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peinando con tu nombre sus cabellos.
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Tenemos tu sonrisa iluminada;
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la voz de tu trisagio y de tu misa
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le grita a mi dolor: —¡No ha muerto nada!
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Con bosque y mar, con huracán y brisa,
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con esa misma muerte que te encierra,
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de la gracia inmortal de tu sonrisa
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llenos están los cielos y la tierra.
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Análisis métrico
181
Versos
11.5
Media silábica
2083
Sílabas totales