A MARÍA LA DEL CIELO
Flor de Abraham que su corola ufana
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abrió al lucir de redención la aurora:
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tú del cielo y del mundo soberana,
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tú de vírgenes y ángeles Señora;
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Tú que fuiste del Verbo la elegida
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para Madre del Verbo sin segundo,
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y con tu sangre se nutrió la vida,
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y con su sangre libertose el mundo:
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tú que del Hombre-Dios el sufrimiento,
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y el estertor convulso presenciaste,
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y en la roca del Gólgota sangriento
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una historia de lágrimas dejaste;
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tú, que ciñes diadema resplandente,
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y más allá de las bramantes nubes
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habitas un palacio transparente
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sostenido por grupo de querubes
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y es de luceros tu brillante alfombra
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donde resides no hay tiempo ni espacio,
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y la luz de ese sol es negra sombra
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de aquella luz de tu inmortal palacio.
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Y llenos de ternura y de contento
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en tus ojos los ángles se miran,
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y mundos mil abajo de tu asiento
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sobre sus ejes de brillantes giran;
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tú que la gloria omnipotente huellas,
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y vírgenes y troncos en su canto
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te aclaman soberana, y las estrellas
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trémulas brillan en tu regio manto.
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Aquí me tienes a tus pies rendido
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y mi rodilla nunca tocó el suelo;
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porque nunca Señora, le he pedido
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amor al mundo, ni piedad al cielo.
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Que si bien dentro del alma he sollozado,
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ningún gemido reveló mi pena;
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porque siempre soberbio y desgraciado
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pisé del mundo la maldita arena.
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Y cero, nulo en la social partida
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rodé al acaso en páramo infecundo,
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fue mi tesoro una arpa enronquecida
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y vagué sin objeto por el mundo.
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Y solo por doquier, sin un amigo,
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viajé, Señora, lleno de quebranto,
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envuelto en mis harapos de mendigo,
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sin paz el alma, ni en los ojos llanto.
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Pero su orgullo el corazón arranca,
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y hoy que el pasado con horror contemplo,
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la cabeza que el crimen volvió blanca
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inclino en las baldosas de tu templo.
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Si eres ¡oh Virgen! embustero mito,
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yo quiero hacer a mi razón violencia;
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porque creer en algo necesito,
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y no tengo, Señora una creencia.
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¡Ay de mí! sin creencias en la vida,
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veo en la tumba la puerta de la nada,
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y no encuentro la dicha en la partida,
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ni la espero después de la jornada.
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Dale, Señora, por piedad ayuda
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a mi alma que el infierno está quemando:
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el peor de los infierno... es la duda,
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y vivir no es vivir siempre dudando.
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Si hay otra vida de ventura y calma,
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si no es cuento promesa tan sublime,
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entonces ¡por piedad! llévate el alma
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que en mi momia de barro se comprime.
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Tú que eres tan feliz, debes ser buena;
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tú que te haces llamar Madre del hombre,
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si tu pecho no pena por mi pena,
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no mereces a fe tan dulce nombre.
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El alma de una madre es generosa,
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inmenso como Dios es su cariño:
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recuerda que mi madre bondadosa
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a amarte me enseñó cuando era niño.
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Y de noche en mi lecho se sentaba
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y ya desnudo arrodillar me hacía,
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y una oración sencilla recitaba,
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que durmiéndome yo la repetía.
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Y sonriendo te miraba en sueños,
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inmaculada Virgen de pureza,
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y un grupo veía de arcángeles pequeños
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en torno revolar de tu cabeza.
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Mi juventud, Señora, vino luego,
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y cesaron mis tiernas oraciones;
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porque en mi alma candente como el fuego,
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rugió la tempestad de las pasiones.
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Es amarga y tristísima mi historia;
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en mis floridos y mejores años,
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ridículo encontró, buscando gloria,
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y en lugar del amor los desengaños.
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Y yo que tantas veces te bendije,
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despechado después y sin consuelo,
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sacrílego, Señora, te maldije
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y maldije también al santo cielo.
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Y con penas sin duda muy extrañas
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airado el cielo castigarme quiso
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porque puse el infierno en mis entrañas;
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porque puso en mi frente el paraíso.
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Quise encontrar a mi dolor remedio
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y me lancé del vicio a la impureza,
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y en el vicio encontré cansancio y tedio,
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y me muero, Señora, de tristeza.
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Y viejo ya, marchita la esperanza,
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llego a tus pies arrepentido ahora,
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Virgen que todo del Señor alcanza,
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sé tú con el Señor mi intercesora.
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Dile que horrible la expiación ha sido,
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que horribles son las penas que me oprimen;
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dile también, Señora, que he sufrido
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mucho antes de saber lo que era crimen.
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Si siempre he de vivir en la desgracia,
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¿por qué entonces murió por mi existencia?
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si no quiere o no puede hacerme gracia,
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¿dónde está su bondad y omnipotencia?
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Perdón al que blasfema en su agonía,
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y haz que calme llorando sus enojos,
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que es horrible sufrir de noche y día
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sin que asome una lágrima a los ojos.
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Quiero el llanto verter de que está henchido
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mi pobre corazón hipertrofiado,
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que si no lloro hasta quedar rendido
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¡por Dios! que moriré desesperado.
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¡Si comprendieras lo que sufro ahora!...
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¡Aire! ¡aire! ¡infeliz! ¡que me sofoco!...
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Se me revienta el corazón... ¡Señora!
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¡Piedad!... ¡Piedad de un miserable loco!
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Análisis métrico
124
Versos
11.6
Media silábica
1435
Sílabas totales