A LA PATRONA DE MI PUEBLO
Señora: llego a Ti
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desde las tenebrosas anarquías
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del pensamiento y la conducta, para
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aspirar los naranjos
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de elección, que florecen
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en tu atrio, con una
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nieve nupcial... Y entro
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a tu Santuario, como un herido
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a las hondas quietudes hospicianas
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en que sólo se escucha
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el toque saludable de una esquila.
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Vestida de luto eres,
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Nuestra Señora de la Soledad,
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un triángulo sombrío
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que preside la lúcida neblina
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del valle; la arboleda que se arropa
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de las cocinas en el humo lento;
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la familiaridad de las montañas;
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el caserío de estallante cal;
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el bienestar oscuro del rebaño,
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y la dicha radiante de los hombres.
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Señora: cuando ingreso a la comarca
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que riges con tus lágrimas benévolas,
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y va la diligencia fatigosa
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sobre la sierra, y van los postillones
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cantando bienandanza o desamor,
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súbita surge la lección esbelta
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y firme de tus torres, y saludo
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desde lejos tu altar.
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Tú me tienes comprado en alma y cuerpo.
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Cuando la pesarosa
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dueña ideal de mi primer suspiro,
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recurre desolada
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a tus plantas, y llora mansamente,
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nunca has dejado de envolverla en el
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descanso de tus hijas predilectas.
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Me acuerdo de una tarde
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en que, como una reina
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que acaba de abdicar,
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salía por el atrio de naranjos
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y llevaba en la frente
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el lucero novísimo
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de tu consolación.
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Confortándola a Ella, Tú me obligas
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como si con la orla
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dorada de tu manto,
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agitases un soplo
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del Paraíso a flor de mi conciencia.
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Porque siempre un lucero
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va a nacer de tus manos
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para la hora en que Ella
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te implore, Tú me tienes
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comprado en cuerpo y alma.
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En las noches profanas
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de novenario (orquestas
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difusas, y cohetes
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vívidos, y tertulias
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de los viejos, y estrados
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de señoritas sobre
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la regada banqueta)
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hay en tus torres ágiles
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una policromía de faroles
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de papel, que simulan
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en la tiniebla comarcana un tenue
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y vertical incendio.
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Y yo anhelo, Señora,
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que en mi tiniebla pongas para siempre
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una rojiza aspiración, hermana
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del inmóvil incendio de tus torres,
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y que me dejes ir
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en mi última década
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a tu nave, cardíaco
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o gotoso, y ya trémulo,
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para elevarte mi oración asmática
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junto al mismo cancel
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que oyó mi prez valiente,
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en aquella alborada en que soñé
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prender a un blanco pecho
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una fecunda rama de azahar.
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Análisis métrico
79
Versos
9.1
Media silábica
718
Sílabas totales