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EL HIJO

Autor del poema: Horacio Quiroga
Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, 20
el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza 22
plenamente abierta, se siente satisfecha de sí. 16
Como el sol, el 5
calor y la calma ambiente, el padre abre también su 16
corazón a la naturaleza. 10
—Ten cuidado, 4
chiquito —dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las 21
observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente. 20
—Si, papá 3
—responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos 22
los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado. 16
—Vuelve a la hora 6
de almorzar —observa aún el padre. 11
—Sí, 1
papá —repite el chico. 8
Equilibra la 5
escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y 22
parte. 2
Su padre lo sigue 6
un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz 20
con la alegría de su pequeño. 10
Sabe que su hijo 6
es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la 20
precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no 18
importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino 20
trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza 19
de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. 17
No necesita el 6
padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la 22
marcha de su hijo. 6
Ha cruzado la 5
picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra 23
de espartillo. 5
Para cazar en el 6
monte —caza de pelo— se requiere más paciencia de la que su 19
cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, 21
su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en 19
procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su 23
amigo Juan ha descubierto días anteriores. 14
Sólo 2
ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión 22
cinegética de las dos criaturas. 11
Cazan sólo 4
a veces un yacútoro, un surucuá —menos aún— y 15
regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve 18
milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta 20
con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple 17
cierre y pólvora blanca. 7
Él fue lo 3
mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una 21
escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre 22
sonríe... 2
No es 2
fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni 18
esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, 23
libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños 19
pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de 16
la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias 20
fuerzas. 2
Ese padre ha 5
debido luchar fuertemente contra lo que él considera su 19
egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, 17
sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo! 14
El peligro 4
subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza 22
amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus 22
propias fuerzas. 4
De este modo ha 6
educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no 25
sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque 19
ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace 20
un tiempo de alucinaciones. 10
Ha visto, 3
concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una 20
felicidad que no debía surgir más de la nada en que se 18
recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este 22
tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico 23
percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo 21
así que lo que hacía era limar la hebilla de su 17
cinturón de caza. 6
Horrible caso... 5
Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su 21
hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y 22
seguro del porvenir. 7
En ese instante, 6
no muy lejos suena un estampido. 11
—La 1
Saint-Étienne... —piensa el padre al reconocer la 15
detonación. Dos palomas de menos en el monte... 15
Sin prestar 3
más atención al nimio acontecimiento, el hombre se 17
abstrae de nuevo en su tarea. 9
El sol, ya muy 4
alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire 18
—piedras, tierra, árboles—, el aire enrarecido como en un horno, 21
vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e 22
impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa 23
hora toda la vida tropical. 10
El padre echa una 7
ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. 20
Su hijo 3
debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el 21
uno en el otro —el padre de sienes plateadas y la criatura de trece 22
años—, no se engañan jamás. Cuando su hijo 14
responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que 15
volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al 17
verlo partir. 4
Y no ha vuelto. 4
El hombre torna a 6
su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su 19
tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la 12
noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el 19
suelo mientras se descansa inmóvil...? 11
El tiempo ha 4
pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar 22
la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el 23
estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por 22
primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de 21
la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha 14
oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha 23
vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, 22
esperándolo. 5
¡Oh! no son 3
suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la 20
educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad 24
que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del 20
monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos 20
nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida 24
en aquel corazón. 6
Un tiro, un solo 6
tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha 17
oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el 19
abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran 26
desgracia... 3
La cabeza al aire 7
y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el 22
monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de 19
su hijo. 3
Pero la 3
naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas 25
de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la 23
seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e 23
inexorablemente, al cadáver de su hijo. 15
Ni un reproche 5
que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría 16
terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... 17
¡Pero 2
dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados 13
allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio Por 15
poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la 24
mano... 2
El padre sofoca 6
un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, 20
no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro... 14
Nada se 3
ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. 19
Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón 20
clama par él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien 18
que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, 21
será la confesión de su muerte. 10
—¡Chiquito! 3
—se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es 20
capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante 20
la angustia que clama en aquella voz. 12
Nadie ni nada ha 6
respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez 20
años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir. 20
—¡Hijito 3
mío..! ¡Chiquito mío..! —clama en un diminutivo que 15
se alza del fondo de sus entrañas. 11
Ya antes, en 4
plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su 21
hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. 22
Ahora, en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de 18
alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a 24
su... 1
—¡Chiquito..! 3
¡Mi hijo! 3
Las fuerzas que 4
permiten entregar un pobre padre alucinado a la mas atroz pesadilla 25
tienen también un límite. Y el nuestro siente que las 15
suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique 22
lateral a su hijo. 7
A un chico de 5
trece años bástale ver desde cincuenta metros la 16
expresión de su padre sin machete dentro del monte para 18
apresurar el paso con los ojos húmedos. 14
—Chiquito... 3
—murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena 21
albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo. 17
La criatura, 4
así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su 19
padre, le acaricia despacio la cabeza: 14
—Pobre 2
papá... 2
En fin, el tiempo 5
ha pasado. Ya van a ser las tres... 10
Juntos ahora, 5
padre e hijo emprenden el regreso a la casa. 16
—¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora..? —murmura aún el primero. 25
—Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí... 23
—¡Lo que me has hecho pasar, chiquito! 11
—Piapiá... —murmura también el chico. 10
Después de un largo silencio: 9
—Y las garzas, ¿las mataste? —pregunta el padre. 13
—No. 1
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la 23
descubierta por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su 24
hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su 23
feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado 23
de cuerpo y alma, sonríe de felicidad. 12
* * * 0
Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo. 20
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras 22
él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en 19
el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde 21
las diez de la mañana. 7

Análisis métrico

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