ODA XVII – EN UNA ESPERANZA QUE SALIÓ VANA
Huid, contentos, de mi triste pecho;
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¿qué engaño os vuelve a do nunca pudistes
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tener reposo ni hacer provecho?
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Tened en la memoria cuando fuistes
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con público pregón, ¡ay!, desterrados
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de toda mi comarca y reinos tristes,
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a do ya no veréis sino nublados,
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y viento, y torbellino, y lluvia fiera,
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suspiros encendidos y cuidados.
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No pinta el prado aquí la primavera,
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ni nuevo sol jamás las nubes dora,
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ni canta el ruiseñor lo que antes era.
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La noche aquí se vela, aquí se llora
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el dia miserable sin consuelo
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y vence el mal de ayer el mal de agora.
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Guardad vuestro destierro, que ya el suelo
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no puede dar contento al alma mía,
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si ya mil vueltas diere andando el cielo.
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Guardad vuestro destierro, si alegría,
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si gozo, y si descanso andáis sembrando,
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que aqueste campo abrojos solo cría.
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Guardad vuestro destierro, si tornando
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de nuevo no queréis ser castigados
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con crudo azote y con infame bando.
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Guardad vuestro destierro que, olvidados
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de vuestro ser, en mí seréis dolores:
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¡tal es la fuerza de mis duros hados!
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Los bienes más queridos y mayores
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se mudan, y en mi daño se conjuran,
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y son, por ofenderme, a sí traidores.
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Mancíllanse mis manos, si se apuran;
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la paz y la amistad, que es cruda guerra;
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las culpas faltan, más las penas duran.
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Quien mis cadenas más estrecha y cierra
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es la inocencia mía y la pureza;
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cuando ella sube, entonces vengo a tierra.
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Mudó su ley en mí naturaleza,
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y pudo en mí el dolor lo que no entiende
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ni seso humano ni mayor viveza.
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Cuanto desenlazarse más pretende
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el pájaro captivo, más se enliga,
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y la defensa mía más me ofende.
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En mí la culpa ajena se castiga
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y soy del malhechor, ¡ay!, prisionero,
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y quieren que de mí la Fama diga:
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«Dichoso el que jamás ni ley ni fuero,
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ni el alto tribunal, ni las ciudades,
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ni conoció del mundo el trato fiero.
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Que por las inocentes soledades,
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recoge el pobre cuerpo en vil cabaña,
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y el ánimo enriquece con verdades.
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Cuando la luz el aire y tierras baña,
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levanta al puro sol las manos puras,
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sin que se las aplomen odio y saña.
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Sus noches son sabrosas y seguras,
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la mesa le bastece alegremente
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el campo, que no rompen rejas duras.
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Lo justo le acompaña, y la luciente
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verdad, la sencillez en pechos de oro,
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la fee no colorada falsamente.
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De ricas esperanzas almo coro,
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y paz con su descuido le rodean,
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y el gozo, cuyos ojos huye el lloro.»
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Allí, contento, tus moradas sean;
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allí te lograrás, y a cada uno
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de aquellos que de mi saber desean,
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les di que no me viste en tiempo alguno.
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Análisis métrico
67
Versos
11.4
Media silábica
766
Sílabas totales