A SOLAS
¡Qué bien se vive así! Pasan los días
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sin dejar en el alma sedimentos
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de insanas alegrías
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ni de amargos tormentos...
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Ni el placer emborracha los sentidos
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con falsos espejismos, revestidos
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de engañosa apariencia,
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ni el dolor de vivir en este mundo
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nos hace maldecir nuestra existencia.
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¡Qué bien se vive así! Pasan las horas
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tranquilas y serenas
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cual ondas de arroyuelo bullidoras
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que ruedan mansamente sobre arenas.
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Ni mis pasos acecha un enemigo,
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ni la calumnia sobre mí se ensaña,
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ni me hiere a traición el falso amigo
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que cuanto más me abraza, más me engaña.
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¡Qué bien se vive así, sin ser testigo
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de ese culto idolátrico del oro
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que convierte en mercado la existencia
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y nos hace vivir en la presencia
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de miserias que ofenden el decoro
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y escándalos que alarman la conciencia!
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¡Qué bien se vive así; qué bien, Dios mío!
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Ni me roba la farsa el albedrío,
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ni tiene que estrechar mi honrada mano
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la mano del ladrón y del impío
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al par que la del hombre honrado y sano.
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¡Qué bien se vive sólo a Dios amando,
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en Dios viviendo y para Dios obrando!
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La atmósfera serena
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de esta amorosa soledad amena
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de los ruidos del mundo está vacía,
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pero Dios está en ella y Dios la llena
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con hálitos de amor y de poesía.
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Al alma no acongojan
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las diarias mundanas tentaciones
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que en los abismos del pecado arrojan
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tantos flacos vencidos corazones.
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Jamás conturban tan augusta calma
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los fantasmas del odio y la perfidia,
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ni la codicia ruin que seca el alma,
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ni el espectro amarillo de la envidia:
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jamás se oye rodar por el vacío
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la maldecida voz, hija insolente
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de la boca podrida del impío
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y la boca soez del maldiciente.
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¡Qué bien se vive así! La vida entera
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se desvanece en Dios, su Sumo Dueño,
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y nos abrasa de su amor la hoguera,
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y el bien es fácil, el vivir risueño,
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sabroso el pan, reparador el sueño
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y dulce el esperar para el que espera.
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Y en este grato estado
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el espíritu está de Dios más lleno,
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y el dolor suele ser más resignado,
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y el placer es más puro y más sereno...
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Calientan las entrañas
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generosos deseos de ser bueno;
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ansiedades extrañas
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a que antes era el corazón ajeno;
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misteriosas y nuevas impresiones
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que tienen escondido
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del alma en los más íntimos rincones
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su delicioso nido;
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sublimes explosiones
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de amor universal, nunca sentido;
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deseos de morirse resignado
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a la Cruz abrazado;
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infinita ternura
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que hace llorar con llanto de dulzura;
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fuego que el alma abrasa...,
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salto desdén de la mundana escoria...
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¡El hálito de Dios, que cuando pasa
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nos deja la nostalgia de la gloria!
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¡Qué bien así se vive, a Dios amando,
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en Dios viviendo y para Dios obrando!
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Mas, ¡ay!, cómo me olvido,
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en estos pensamientos embebido,
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de que este hermoso estado
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del vivir «ni envidioso ni envidiado»
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es para mí tan breve
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que, pronto, sí, ¡desvanecerse debe!
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Éste no es para mí perenne estado;
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es, no más, un momento de reposo
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al cuerpo y al espíritu cansado:
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un descanso en un puerto
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de este mar de la vida borrascoso,
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¡un oasis en medio del desierto!
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Después..., ¡después lo mismo!
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¡A luchar otra vez por este mundo!
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¡A saltar de un abismo en otro abismo,
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con riesgo de rodar a lo profundo!...
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Pero... ¿y si no rodara?
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¿Y si Dios de la mano me llevara,
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y humilde tras Él fuera,
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y entre tantos abismos no cayera
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y a la cumbre llegara?
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¿Será más meritoria
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la victoria sin lucha así lograda,
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que la santa victoria
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con lágrimas y sangre conquistada?
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¡Oh, no; no vale tanto!
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No se llega hasta el Dios tres veces Santo,
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no se llega hasta Vos, ¡oh Dios Divino!,
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por caminos de flores alfombrados.
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¡Se llega con los pies ensangrentados
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por las duras espinas del camino!
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Análisis métrico
108
Versos
10.6
Media silábica
1142
Sílabas totales