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SANTOS VEGA

Autor del poema: Rafael Obligado
IV 1
Bajo el ombú corpulento, 9
De las tórtolas amado, 8
Porque su nido han labrado 9
Allí al amparo del viento; 9
En el amplísimo asiento 9
Que la raíz desparrama, 7
Donde en las siestas la llama 9
De nuestro sol no se allega, 9
Dormido está Santos Vega, 9
Aquel de la larga fama. 8
En los ramajes vecinos 8
Ha colgado, silenciosa, 8
La guitarra melodiosa 8
De los cantos argentinos. 8
Al pasar los campesinos 8
Ante Vega se detienen; 8
En silencio se convienen 8
A guardarle allí dormido; 9
Y hacen señas no hagan ruido 9
Los que están a los que vienen. 9
El más viejo se adelanta 9
Del grupo inmóvil, y llega 8
A palpar a Santos Vega, 8
Moviendo apenas la planta. 9
Una morocha que encanta 9
Por su aire suelto y travieso, 9
Causa eléctrico embeleso 10
Porque, gentil y bizarra. 7
Se aproxima a la guitarra 10
Y en las cuerdas pone un beso. 9
Turba entonces el sagrado 9
Silencio que a Vega cerca, 9
Un jinete que se acerca 9
A la carrera lanzado; 8
Retumba el desierto hollado 10
Por el casco volador; 7
Y aunque el grupo, en su estupor, 10
Contenerlo pretendía, 7
Llega, salta, lo desvía, 7
Y sacude al payador. 7
No bien el rostro sombrío 7
De aquel hombre mudos vieron, 9
Horrorizados, sintieron 8
Temblar las carnes de frío, 7
Miró en torno con bravío 8
Y desenvuelto ademán, 7
Y dijo: «Entre los que están 8
No tengo ningún amigo, 8
Pero, al fin, para testigo 9
Lo mismo es Pedro que Juan». 8
Alzó Vega la alta frente, 9
Y la contempló un instante, 8
Enseñando en el semblante 9
Cierto hastío indiferente. 9
—«Por fin, dijo fríamente 7
El recién llegado, estamos 9
Juntos los dos, y encontramos 8
La ocasión, que estos provocan, 10
De saber como se chocan 8
Las canciones que cantamos». 8
Así, diciendo, enseñó 8
Una guitarra en sus manos, 9
Y en los raigones cercanos, 8
Preludiando se sentó. 7
Vega entonces sonrió, 7
Y al volverse al instrumento, 9
La morocha hasta su asiento 10
Ya su guitarra traía, 6
Con un gesto que decía: 7
«La he besado hace un momento». 11
Juan Sin Ropa «se llamaba 8
Juan Sin Ropa el forastero) 9
Comenzó por un ligero 8
Dulce acorde que encantaba. 10
Y con voz que modulaba 7
Blandamente los sonidos, 8
Cantó tristes nunca oídos, 8
Cantó cielos no escuchados, 9
Que llevaban, derramados, 8
La embriaguez a los sentidos. 9
Santos Vega oyó suspenso 9
Al cantor; y toda inquieta, 8
Sintió su alma de poeta 8
Con un aleteo inmenso. 8
Luego en un preludio intenso, 10
Hirió las cuerdas sonoras, 8
Y cantó de las auroras 7
Y las tardes pampeanas, 6
Endechas americanas 8
Más dulces que aquellas horas. 9
Al dar Vega fin al canto, 8
Ya una triste noche oscura, 10
Desplegaba en la llanura 9
Las tinieblas de su manto. 8
Juan Sin Ropa se alzó en tanto, 10
Bajo el árbol se empinó, 9
Un verde gajo tocó, 7
Y tembló la muchedumbre, 7
Porque, echando roja lumbre, 9
Aquel gajo se inflamó 8
Chispearon sus miradas, 7
Y torciendo el talle esbelto, 9
Fue a sentarse, medio envuelto. 10
Por las rojas llamaradas. 8
¡Oh, qué voces levantadas 8
Las que entonces se escucharon! 10
¡Cuantos ecos despertaron 8
En la Pampa misteriosa, 8
A esa música grandiosa 9
Que los vientos se llevaron! 8
Era aquella esa canción 9
Que en el alma sólo vibra. 9
Modulada en cada fibra 9
Secreta del corazón; 7
El orgullo, la ambición, 8
Los más íntimos anhelos, 8
Los desmayos y los vuelos 7
Del espíritu genial, 7
Que va, en pos del ideal, 7
Como el cóndor a los cielos. 9
Era el grito poderoso 9
Del progreso, dado al viento; 9
El solemne llamamiento 8
Al combate más glorioso. 8
Era, en medio del reposo 9
De la Pampa ayer dormida, 9
La visión ennoblecida 8
Del trabajo, antes no honrado; 10
La promesa del arado 8
Que abre cauces a la vida. 9
Corno en mágico espejismo, 10
Al compás de ese concierto, 9
Mil ciudades el desierto 8
Levantaba de sí mismo. 8
Y a la par que en el abismo 9
Una edad se desmorona, 9
Al conjuro, en la ancha zona 10
Derramábase la Europa, 9
Que sin duda Juan Sin Ropa 8
Era la ciencia en persona. 9
Oyó Vega embebecido 9
Aquel himno prodigioso, 8
E inclinando el rostro hermoso, 11
Dijo: «Sé que me has vencido». 9
El semblante humedecido 9
Por nobles gotas de llanto, 8
Volvió a la joven, su encanto, 10
Y en los ojos de su amada 9
Clavó una larga mirada, 9
Y entonó su primer canto: 8
—«Adiós, luz del alma mía, 7
Adiós, flor de mis llanura? 8
Manantial de las dulzuras 8
Que mi espíritu bebía: 8
Adiós, mi tínica alegría, 9
Dulce afán de mi existir; 9
Santos Vega se va a hundir 9
En lo inmenso de esos llanos... 10
¡Lo han vencido! ¡Llegó hermanos, 10
El momento de morir!» 7
Aun sus lágrimas cayeron 8
En la guitarra copiosa, 8
Y las cuerdas temblorosas 7
A cada gota gimieron; 8
Pero súbito cundieron 8
Del gajo ardiente las llamas, 9
Y trocado entre las ramas 8
En serpiente, Juan Sin Ropa, 8
Arrojó de la alta copa 9
Brillante lluvia de escamas. 9
Ni aun cenizas en el suelo 9
De Santos Vega quedaron, 8
Y los años dispersaron 7
Los testigos de aquel duelo; 9
Pero un viejo y noble abuelo, 10
Así el cuento terminó: 8
—«Y si cantando murió 6
Aquel que vivió cantando, 8
Fue, decía suspirando, 7
Porque el diablo lo venció». 8

Análisis métrico

181 Versos
8.4 Media silábica
1515 Sílabas totales