EL IDILIO DE LOS CÓNDORES
Como si fuese en pedestal de plata,
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en un témpano enorme, en cuya frente
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se desespera el Sol, un grupo alado
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bulle, sobre la abrupta escalinata
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de los Andes.
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El cóndor, que se siente
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junto de su hembra, un ala enamorado
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tiende sobre ella en forma de abanico,
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la oprime con vigor a su costado
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y en el trémulo moño húndela el pico.
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¡Es el amor!
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El viento se desata
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cual se desata un lazo. Nubarrones
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pasan en fugitivos escuadrones,
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como una fabulosa cabalgata...
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El señor de los Andes, que fulmina
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su mirada de cólera hasta el hondo
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valle que hay a sus plantas, adivina
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la tempestad que se insinúa: inclina
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la señoril cabeza; y, en redondo,
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veinte leguas domina
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de tierras desdobladas en el fondo...
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Y el cóndor ve los campos, que parecen
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telas tijereteadas por los ríos;
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y las llanuras, a sus ojos, crecen
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cubiertas de pintados sembradíos:
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la cañada... el cafeto... Allá, una ruina;
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más allá, un humo de ondulante sombra:
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a veces, el perfil de una colina,
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que en la tierra aplanada se adivina
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como un zurcido en opulenta alfombra...
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Y el cóndor va arrastrando la mirada
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hacia el atrevimiento de su cumbre:
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la selva le parece muchedumbre,
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que va, de una quebrada a otra quebrada,
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en escalonamiento portentoso,
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en el que todo monte es una grada
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y todo abismo un salto de coloso.
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Luego, ya no ve selva. La pelada
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roca, musculatura en carne viva,
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se contrae en un ímpetu nervioso:
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lánzase a la altitud, en superpuestas
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arrugas cual de frente pensativa,
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hasta turbar, con el fragor vidrioso
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que se estremece en las plateadas crestas,
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el mudo terciopelo del reposo...
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¡Ah! Y el cóndor miró, como en un sueño,
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que, desde allá, desde el rastrero llano,
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se desprendió la audacia de un empeño
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a sojuzgar las cúspides. No en vano
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hasta la cuiiilire sola
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en que el cóndor está, férrea serpiente
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fue arrastrándose, en círculo ascendente,
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como queriendo ensortijar su cola.
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¡El tren!... En donde el pájaro salvaje
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imperó sin rival, ya el tren impera.
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Él, soberbio, sacude su plumaje;
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invita a su amorosa compañera;
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y rompe el vuelo: entonces, de soslayo,
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lanza al tren su mirada, a la manera
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de un nubarrón que descargase un rayo...
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¡Un rayo! Otro después...
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Y nube obscura
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rodeó el picacho y ensayó un estruendo.
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¡Qué lobreguez en derredor!
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La pura
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limpidez de la nieve iba saliendo
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de esa nube, cual de ancha sepultura;
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porque esa nube, en derredor, sombría,
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cubrió la tierra y se espació en la altura:
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Sólo el picacho, en la mitad, se erguía.
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El cóndor y la hembra, en sus amores,
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rasgaron el azul, viendo a sus plantas
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la tempestad, que, envuelta en resplandores,
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tiene el delirio de las iras santas;
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y escucharon del trueno el estampido,
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mientras caía el agua en los regazos,
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de las profundas selvas, con el ruido
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de una cristalería hecha pedazos...
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Y se amaron así: sobre los vientos
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suspendidos los dos. ¡Eran dos vidas
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y una palpitación; o dos alientos
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y un óbsculo de amor! Las dos figuras
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simulaban dos breves carabelas;
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pero, al batir las alas confundidas,
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destacábase el grupo en las alturas
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como una embarcación de cuatro velas...
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Análisis métrico
87
Versos
11.4
Media silábica
993
Sílabas totales