ELEGÍA DE LOS PORTONES
Ésta es una elegía
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de los rectos portones que alargaban su sombra
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en la plaza de tierra.
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Ésta es una elegía
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que se acuerda de un largo resplandor agachado
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que los atardeceres daban a los baldíos.
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(En los pasajes mismos había cielo bastante
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para toda una dicha
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y las tapias tenían el color de las tardes.)
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Ésta es una elegía
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de un Palermo trazado con vaivén de recuerdo
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y que se va en la muerte chica de los olvidos.
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Muchachas comentadas por un vals de organito
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o por los mayorales de corneta insolente
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de los 64,
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sabían en las puertas de la gracia de su espera.
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Había huecos de tunas
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y la ribera hostil del Maldonado
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—menos agua que barro en la sequía—
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y zafadas veredas en que flameaba el corte
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y una frontera de silbatos de hierro.
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Hubo cosas felices,
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cosas que sólo fueron para alegrar las almas:
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el arriate del patio
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y el andar hamacado del compadre.
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Palermo del principio, vos tenías
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unas cuantas milongas para hacerte valiente
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y una baraja criolla para tapar la vida
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y unas albas eternas para saber la muerte.
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El día era más largo en tus veredas
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que en las calles del centro,
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porque en los huecos hondos se aquerenciaba el cielo.
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Los carros de costado sentencioso
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cruzaban tu mañana
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y eran en las esquinas tiernos los almacenes
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como esperando un ángel.
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Desde mi calle de altos (es cosa de una legua)
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voy a buscar recuerdos a tus calles nocheras.
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Mi silbido de pobre penetrará en los sueños
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de los hombres que duermen.
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Esa higuera que asoma sobre una parecita
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es lleva bien con mi alma
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y es más grato el rosado firme de tus esquinas
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que el de las nubes blandas.
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Análisis métrico
44
Versos
11.6
Media silábica
511
Sílabas totales