LA MUJER DE SAL
¡Oh, blancura imposible de la Amada imposible!
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¡Por todos mis desvelos cruza, como un fantasma,
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como un jirón de invierno, su carne sin penumbras,
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inverosímilmente blanca!
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¡Oh, blancura imposible,
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que integra mis delirios y va sobre mi alma,
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con la apariencia leve de un sudario
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y la verdad de mármol de una lápida!
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Si alguna vez la viste, filósofo ambulante,
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devanador de calles, enredador de plazas,
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tejedor de monólogos, si alguna vez la viste,
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di si es verdad que te espantó mirarla.
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El resumen de todas las blancuras
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en Ella se anidó como una garza,
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y fue en sus manos un sopor de ovejas
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y fue lienzo de altar en su garganta.
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Vibrante, musical y suspendida
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sobre la tierra, su blancura se alza
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y va floreando sobre el alto cielo
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como un arbusto bajo la nevada.
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Blancura universal, ¡cómo te miro
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resumida al mirarla!
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¡El blancor de esos días tercamente lluviosos;
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las estatuas de mármol recién inauguradas;
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el estertor de la pechuga exangüe;
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el ruedo que la mar prende a su falda;
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la capa voladora del beduino
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y sus tiendas errantes, palomar del Sahara;
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los caminos ahogados en la arena;
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al fondo de los árboles, la pared de una casa;
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las tumbas escondidas en la noche;
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el cirio iluminando la mortaja;
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¡yacente livor del esqueleto
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que el cincel del gusano cincelara;
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esas frases inéditas, alargadas de aes,
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con que los sordomudos desahogan su rabia;
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las gotas de azahar sobre las bodas,
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y en la Suprema hora de las ansias,
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en el instante de aflojar los brazos,
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aquel blanco en los ojos de la mujer cansada!
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Blancura universal, ¡cómo te miro
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resumida, al mirarla!
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¡El remoto dolor de los pañuelos
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que aletean de adioses en la playa;
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las velas de cien barcos bajo el sol, que parece
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que un gran lirio se hubiera deshojado en la rada;
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las nubecillas huérfanas que entristecen los cielos
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con la miseria de su buche de agua;
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la alegría lustral del primer diente
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que en la frescura del pezón se clava
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y en la inquietud de una cabeza negra
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la aguja cruel de la primera cana;
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el alba, cuando bajo los rayos del ordeño
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se amanece de leche la penumbra del ánfora;
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el pan de trigo antes de entrar al horno;
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el lecho albar que está estrenando sábanas
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y la cuerda del patio con la ropa
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que ponen a secar por la mañana!...
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Mucho de amargo y mucho de imposible
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tiene, en verdad, la carne de la Amada;
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en Ella hay la amargura de esas drogas blanquísimas,
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y es imposible como el Himalaya.
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Su carne es la Primera Comunión de la Carne,
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y tiene lo intocado de las páginas
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donde no escribió nadie, porque esperan la mano
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que escriba con su sangre la Primera Palabra.
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¡Mujer de Nieve, inédita de los llanos polares!
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¡Mujer de Sal, como la vieja Estatua!
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Cuando duerme, su rostro
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se debe confundir con la almohada,
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y cuando muere la creerán dormida,
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porque después de muerta no podrá ser más
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pálida.
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¡Mujer de Nieve, efigie de la Muerte,
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Mujer de Sal, Estatua!
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Si has de venir a mí, ven por la senda
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más nocturna o más blanca;
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así te fundirás en el camino
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y yo no te veré hasta la llegada.
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Vendrás diciendo una palabra hueca,
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con muchas aes y la voz muy baja;
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tus dedos azulados palparán las tinieblas,
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y un collar de corales, ciñendo tu garganta,
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suspenderá hasta el vértice
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de mis presentimientos
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la evocación de las descabezadas.
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Mujer de sal, Mujer de Nieve, siento
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como un largo vahído tu blancura en el alma,
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y voy a ti como al abismo el ciego,
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aunque presienta que has de ser mañana,
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como la Muerte, fría e imposible
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y como la Mujer de Lot, amarga...
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Análisis métrico
92
Versos
12.3
Media silábica
1130
Sílabas totales