HIMNO A LA TRISTEZA
Fortalecido estoy contra tu pecho
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de augusta piedra fría,
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bajo tus ojos crepusculares,
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oh madre inmortal.
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Desengañada alienta en ti mi vida,
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oyendo en el pausado retiro nocturno
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ligeramente resbalar las pisadas
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de los días juveniles, que se alejan
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apacibles y graves, en la mirada,
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con una misma luz, compasión y reproche;
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y van tras ellos, como irisado humo,
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los sueños creados con mi pensamiento,
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los hijos del anhelo y la esperanza.
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La soledad poblé de seres a mi imagen
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como un dios aburrido;
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los amé si eran bellos,
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mi compañía les di cuando me amaron,
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y ahora como ese mismo dios aislado estoy,
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inerme y blanco tal una flor cortada.
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Olvidándome voy en este vago cuerpo,
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nutrido por la hierbas leves
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y las brillantes frutas de la tierra,
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el pan y el vino alados,
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en mi nocturno lecho a solas.
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Hijo de tu leche sagrada,
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el esbelto mancebo
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hiende con pie inconsciente
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la escarpada colina,
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salvando con la mirada en ti
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el laurel frágil y la espina insidiosa.
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Al amante aligeras las atónitas horas
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de su soledad, cuando en desierta estancia
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la ventana, sobre apacible naturaleza,
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bajo una luz lejana,
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ante sus ojos nebulosos traza
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con renovado encanto verdeante
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la estampa inconsciente de su dicha perdida.
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Tú nos devuelves vírgenes las horas
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del pasado; fuertes bajo el hechizo
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de tu mirada inmensa,
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como guerrero intacto
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en su fuerza desnudo tras de broquel broncíneo,
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serenos vamos bajo los blancos arcos del futuro.
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Ellos, los dioses, alguna vez olvidan
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el tosco hilo de nuestros trabajados días,
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pero tú, celeste donadora recóndita,
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nunca los ojos quitas de tus hijos
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los hombres, por el mal hostigados.
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Viven y mueren a solas los poetas,
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restituyendo en claras lágrimas
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la polvorienta agua salobre,
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y en alta gloria resplandeciente
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la esquiva ojeada del magnate henchido,
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mientras sus nombres suenan
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con el viento en las rocas,
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entre el hosco rumor de torrentes oscuros,
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allá por los espacios donde el hombre
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nunca puso sus plantas.
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¿Quién sino tú cuida sus vidas, les da fuerzas
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para alzar la mirada entre tanta miseria,
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en la hermosura perdidos ciegamente?
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¿Quién sino tú, amante y madre eterna?
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Escucha cómo avanzan las generaciones
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sobre esta remota tierra misteriosa;
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marchan hostigados los hombres
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bajo la yerta sombra de los antepasados,
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y el cuerpo fatigado se reclina
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sobre la misma huella tibia
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de otra carne precipitada en el olvido.
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Luchan algunos por fijar nuestro anhelo,
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como si hubiera alguien, más fuerte que nosotros,
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que tuviera en memoria nuestro olvido;
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porque dulce será anegarse
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en un abrazo inmenso,
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vuelto niebla con luz, agua en la tormenta;
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grato ha de ser aniquilarse,
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marchitas en los labios las delirantes voces.
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Mas todavía hay en mí algo que te reclama
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conmigo hacia los parques de la muerte
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para acallar el miedo ante la sombra.
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¿Dónde floreces tú, como vaga corola
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henchida del piadoso aroma que te alienta
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en las nupcias terrenas con los hombres?
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No eres hiel ni eres pena, sino amor de justicia imposible,
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tú, la compasión humana de los dioses.
12
Análisis métrico
85
Versos
11.6
Media silábica
984
Sílabas totales