LA CALLE DEL CALVARIO (Leyenda del clavo)
I
1
Joseph Ramírez Dorantes,
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Era, hablando con verdad,
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Uno de los estudiantes
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Más cumplidos y galantes
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De nuestra Universidad.
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Era de honrada ascendencia,
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Su padre cifró su afán
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En ilustrarlo a conciencia,
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Y a estudiar jurisprudencia
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Lo mandó de Michoacán.
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Vivió, cual es de ordinario,
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Sufriendo algunos rigores;
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Y el centro universitario
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Lo nombró bibliotecario
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Del claustro de los Doctores.
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Fue una borla su esperanza,
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Sin que de la suerte impía
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Temiera aleve asechanza,
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Y tan dado a la enseñanza
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Que un Dómine parecía.
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Siempre a las contiendas hecho,
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Amaba la discusión,
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Y en la mesa y en el lecho
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Era un curso de derecho
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Su amena conversación.
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En su memoria reunidas,
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Con invisible buril,
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Se encontraban esculpidas
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Las leyes de las Partidas
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Y del derecho civil.
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Era alegre y zalamero,
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Decidor grato y sin par,
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Y en aquel claustro severo
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Era en la misa el primero
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Que se acercaba al altar.
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¡Con qué entusiasmo estudiaba!
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Y era por su devoción,
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Si a un santo se celebraba,
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El que a llevar ayudaba
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El palio en la procesión.
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Y a un tiempo afable y sencillo,
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Lleno de franqueza y fe,
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Sin buscar aplauso y brillo,
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Jugaba igual un tresillo
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Como bailaba un minué.
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Y así de todos querido,
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En lo mejor de su edad,
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Y por todos aplaudido,
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Juzgábanlo el consentido
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De aquella Universidad.
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II
1
Locuaz, osado, altanero,
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De embozada condición,
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Era en el claustro severo
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De Ramírez compañero
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Roque Manresa y Leén.
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En estudiar diligente,
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Cursando Filosofía,
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Era discreto y prudente
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Que en época tan creyente
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Él ni en el diablo creía.
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Del Génesis y el Éxodo
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Burlábase por igual,
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Mas con tan discreto modo,
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Que le juzgaban en todo
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Sincero, adicto y leal.
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Eran ambos estudiantes
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Alegres y decidores,
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Para los libros, constantes,
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Y según fama, galantes
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Y atrevidos, en amores.
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Nunca se les vieron huellas
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De asuntos envilecidos
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Por tenebrosas querellas
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Eran terror de doncellas
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Y espanto de los maridos.
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Y eran ambos celebrados
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Por la grey alegre .y franca
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De capences y .encerrados,
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Que no eran menos osados
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Que aquellos de Salamanca.
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Bautizados por. alguno
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De chispa y de buen humor,
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Con un apodo oportuno
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Llamaban «El Tigre», al uno,
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Y al otro «El Inquisidor».
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III
1
¡Tiempos tristes los pasados!
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El rigor era la ley,
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Cuando ilusos o engañados
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Eran los hombres quemados
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De orden de Dios y del Rey.
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Cuando nunca se atendía
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El derecho y la razón;
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Y el que negaba o leía
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Iba a la cárcel sombría
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De la Santa Inquisición.
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De aquel proceder severo,
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Eran testimonio y nota,
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Pasmando a Méjico entero,
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Tres sitios: el quemadero,
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El cadalso y la picota.
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El progreso en su carrera
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La picota derribó,
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Apagó después la hoguera,
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Y tras su llama postrera
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Sólo el cadalso quedó.
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Mudo, terrible, imponente,
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Como fantasma servil,
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Fue Méjico, independiente,
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Y aun se asombraba a la gente
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Matando a garrote vil.
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Se ve entonces de ordinario,
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A Lento paso marchar
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Por la calle del Calvario,
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Con hopa y escapulario,
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Al que van a ajusticiar.
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Siempre el toque de agonía
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Fue la voz nunca turbada
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De aquella calle sombría,
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A cuyo extremo se erguía
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La horca odiosa y odiada.
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La calle a todos arredra
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Y en las noches causa espanto;
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Que allí el infortunio medra,
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Y todos ven cada piedra
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Humedecida con llanto.
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En sus contornos obscuros,
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Se oyen gritos sofocados,
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Maldiciones y conjuros,
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Y cruzan cabe sus muros
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Espectros de ajusticiados.
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El pueblo, que nada olvida,
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Afirma con frenesí
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Que en la noche tan temida
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El alma de un parricida
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Sale a penar por allí.
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Y que no son devaneos
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Ver, al dar las oraciones,
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Sobre el altar de los reos
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Como terribles trofeos
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Luminosos corazones.
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Esa fúnebre capilla
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Que enluta eterno capuz,
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Pues en ella nada brilla
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Es tosca, pobre, sencilla
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Con un altar y una cruz.
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Allí con solemne calma
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Entraba el que fuera en pos
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Como mártir, de una palma
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Antes de entregar el alma,
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En el patíbulo, a Dios.
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Allí cada sombra adquiere
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Más luto y más lobreguez
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Que el que en el cadalso muere,
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Allí reza el Miserere
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Por la postrema vez.
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Allí causan a la par
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Compasión, miedo y pavor
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Frente a la cruz, el pesar,
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La horca frente al altar,
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Frente a la horca, el horror.
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No hay martirio que no estalle
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En sitio tan funerario,
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Ni alma que allí no batalle,
10
Pues tal capilla y tal calle
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Conducen siempre al Calvario.
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IV
1
Una mañana salieron
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Manresa y Ramírez juntos;
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Larga charla mantuvieron,
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Y entusiastas discutieron
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Sobre diversos asuntos.
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Un argumento, el mejor,
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Que a los dos les .preocupaba...
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Y trataron con calor,
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Era: ¿En qué estriba el valor?
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Y cada cual meditaba.
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¿En desdeñar el abismo
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Que ante la muerte se ve?
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¿En luchar con fanatismo?
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¿En dominarse a sí mismo?
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¿En ser invencible? ¿En qué?
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—En dominarse; ¿no es esa
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Prueba de gran valentía,
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Con la dignidad ilesa?
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—Tal es mi opinión, Manresa.
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— Ramírez, tal es la mía.
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—Pero hay casos en los cuales
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Tiembla el hombre sin querer,
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Pues son sobrenaturales..
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—Yo todos los juzgo iguales,
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Porque querer es poder.
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—Te asiste razón y es cierto;
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¿Mas si llegas a mirar
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En noche, en claustro desierto
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Que se te aparece un muerto
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Y que te pretende hablar?
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—Conseja, fútil conseja,
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Que el ánimo enfermo trunca
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De un imbécil o una vieja,
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Pues el que la vanidad deja
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No vuelve a la vida nunca.
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—Los Santos Padres dijeron,
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Acuérdate, en un concilio...
9
—Los Santos Padres mintieron
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Los pobres no conocieron
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Ni a Tibulo, ni a Virgilio.
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—¿Pero tú no juzgas ciertos
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Sus relatos consagrados,
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Que a firman los más expertos?
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—Decir que vuelven los muertos,
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No es cosa de hombres honrados.
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—Siempre te encuentro de fiesta,
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No pierdes tu buen humor
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Ni en una cuestión cual ésta,
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Y quiero hacer una apuesta
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Para probar tu valor.
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—Lo que quieras, nada temo;
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Por bravo no me reputo,
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Pero soy digno en extremo;
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Ni con los diablos me quemo
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Ni con los muertos discuto.
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Pues bien; te voy a decir,
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Y no me hagas un reproche,
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Pues lo puedes discutir:
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No eres capaz de venir
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Al cadalso, a media noche.
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—¿Pero qué, te has figurado
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Que soy tan vil y cobarde?
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Yo subiré a ese tablado,
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Aun estando el cuerpo helado
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Del que ahorcarán por la tarde.
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—Tan bravo no te creí.
6
—Pues sábelo; así soy yo,
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Y de tal suerte nací.
6
—Pues yo te digo que no.
7
—Y yo te digo que sí.
6
—Ya que junto a la horca estamos,
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En ella voy a poner
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Este libro que llevamos,
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Y cuando las doce oigamos
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Lo vendrás a recoger.
7
—Ve a ponerlo, nadie tiene
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Duda de mi altiva fe,
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Pues sin mancha se sostiene
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Que la media noche suene
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Y a recogerlo vendré.
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Y alegres los dos cruzaron
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Las calles de la ciudad
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De otras cosas conversaron
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Y así contentos llegaron
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Hasta la Universidad.
8
V
0
Llegó la noche sombría;
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El espacio se enlutaba;
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El viento horrible gemía;
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La lluvia tenaz caía
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Y el cielo relampagueaba.
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Una promesa hecha entonces
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Era un pacto temerario
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Esculpido sobre bronce;
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Oyeron ambos las once
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Y se fueron al Calvario.
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Moviendo iguales sus piernas
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Cruzaron por la ciudad
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Que en esas noches eternas
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Sin lámparas ni linternas,
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Mostraban su soledad.
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Pronto en el Calvario dieron;
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De la capilla, al portal
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Por instinto se acogieron;
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Surgió un relámpago,
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Y vieron el patíbulo infernal.
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—Voy por el libro y me esperas;
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Y así no me harás reproche.
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—Ve y vuelve cuando tú quieras.
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Y las campanas austeras
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Sonaron la media noche.
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El que se quedó, veía
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Marchar con grave arrogancia
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Al que al cadalso partía,
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Y apoco, tan solo oía
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Sus pasos en la distancia.
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Luego un rumor sordo y hueco
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Después un murmullo falso
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Como el engaño del eco,
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Y enseguida un golpe seco
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En las tablas del cadalso.
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Con ansiedad sobrehumana
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El uno al otro esperó
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Y fue su esperanza vana,
8
Pues despuntó la mañana
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Y Manresa no volvió.
6
No volvió, porque tocaron
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Sus manos, en el incierto sitio,
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El libro que buscaron,
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Y sintió que lo tiraron
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De la capa y cayó muerto.
8
VI
1
No bien hubo amanecido,
9
Ramírez sube anhelante
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Al cadalso aborrecido,
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Y halló en las tabas tendido
9
El cuerpo del estudiante.
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Lleno de horrible aflicción
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Cuando a su mente se escapa
10
De la muerte la razón
7
Encuentra sobre un tablón,
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Prendida a un clavo, la capa.
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Y a varios que lo seguían
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Les dijo el motivo justo
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Y todos se convencían;
6
—Sintió que lo detenían.
7
Y es claro...¡murió del susto!
8
Análisis métrico
316
Versos
8.1
Media silábica
2548
Sílabas totales