EL VIEJO POZO
El viejo pozo de mi vieja casa
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sobre cuyo brocal mi infancia tantas veces
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se clavaba de codos, buscando el vaticinio
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de la tortuga, o bien el iris de los peces,
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es un compendio de ilusión
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y de históricas pequeñeces.
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Ni tortuga, ni pez; sólo el venero
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que mantiene su estrofa concéntrica en el agua
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y que dio fe del ósculo primero
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que por 1850 unió las bocas
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de mi abuelo y mi abuela... ¡Recurso lisonjero
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con que los generosos hados
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dejan caer un galardón fragante
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encima de los desposados!
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Besarse, en un remedo bíblico, junto al pozo,
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y que la boca amada trascienda a fresco gozo
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de manantial, y que el amor se profundice,
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en la pareja que lo siente,
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como el hondo venero providente...
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En la pupila líquida del pozo
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espejábanse, en años remotos, los claveles
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de una maceta; más la arquitectura
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ágil de las cabezas de dos o tres corceles,
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prófugos del corral; más la rama encorvada
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de un durazno; y en época de mayor lejanía
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también se retrataban en el pozo
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aquellas adorables señoras en que ardía
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la devoción católica y la brasa de Eros;
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suaves antepasadas, cuyo pecho lucía
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descotado, y que iban, con tiesura y remilgo,
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a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela,
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con peinados de torre y con vertiginosas
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peinetas de carey. Del teatro a la Vela
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Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas
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en la negrura de sus mantos.
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Evoco, todo trémulo, a estas antepasadas
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porque heredé de ellas el afán temerario
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de mezclar tierra y cielo, afán que me ha metido
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en tan graves aprietos en el confesionario.
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En una mala noche de saqueo y de política
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que los beligerantes tuvieron como norma
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equivocar la fe con la rapiña, al grito
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de «¡Religión y Fueros!» y «¡Viva la Reforma!»,
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una de mis geniales tías,
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que tenía sus ideas prácticas sobre aquellas
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intempestivas griterías,
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y que en aquella lucha no siguió otro partido
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que el de cuidar los cortos ahorros de mi abuelo,
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tomó cuatro talegas y con un decidido
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brazo las arrojó en el pozo, perturbando
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la expectación de la hora ingrata
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con un estrépito de plata.
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Hoy cuentan que mi tía se aparece a las once
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y que, cumpliendo su destino
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de tesorera fiel, arroja sus talegas
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con un ahogado estrépito argentino.
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Las paredes del pozo, con un tapiz de lama
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y con un centelleo de gotas cristalinas,
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eran como el camino de esperanza en que todos
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hemos llorado un poco... Y aquellas peregrinas
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veladas de mayo y junio
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mostráronme del pozo el secreto de amor:
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preguntaba el durazno: «¿Quién es Ella?»,
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y el pozo, que todo lo copiaba, respondía
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no copiando más que una sola estrella.
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El pozo me quería senilmente; aquel pozo
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abundaba en lecciones de fortaleza, de alta
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discreción, y de plenitud...
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Pero hoy, que su enseñanza de otros tiempos me falta,
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comprendo que fui apenas un alumno vulgar
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con aquel taciturno catedrático,
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porque en mi diario empeño no he podido lograr
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hacerme abismo y que la estrella amada,
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al asomarse a mí, pierda pisada.
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Análisis métrico
74
Versos
12.9
Media silábica
953
Sílabas totales